domingo, 22 de mayo de 2011

EL PACTO




Por Daniel Rubio
EL PACTO

Año 2011…
            En la habitación se podía cortar el hedor a muerte. Todo era oscuridad, a excepción de un haz de luz que provenía de un flexo maltrecho que pendía de la pared, encima de la cama.
            Francisco se encontraba ante la última página de su novela favorita, la cual comenzó a leer hace cincuenta años. Cerró los ojos y empezó a valorar si todo el sufrimiento había valido la pena…    
            Año 1962…
            Francisco esperaba en el pasillo del hospital bajo un ambiente gélido. La tos era cada vez más insistente y penetrante. Notaba cómo le ardía el pecho y el sabor metálico de la sangre le producía náuseas cada nuevo acceso de tos. No podía dejar de pensar en su mujer y en sus dos criaturas. Eran tan pequeños y tan indefensos que no se merecían quedarse sin padre, y los quería tanto que pensar que se estaba muriendo lo hundía todavía más en un mar depresivo donde la corriente lo arrastraba en dirección contraria a la deseada.
            Un hombre alto, moreno y con un extravagante bigote retorcido en los extremos, que vestía una bata blanca con demasiada elegancia y una corbata roja, salía de una de las consultas. Miró de un lado a otro y vio a Francisco sentado en una de las butacas de madera del solitario y mal iluminado pasillo del hospital. Estaba cabizbajo y parecía no contener alma alguna en su ser. Todo era tristeza y dejadez en su porte y parecía acompañar una marcha fúnebre en conjunto con el tubo fluorescente que parpadeaba encima de él.
—¿Francisco Pérez? —llamó.
            Francisco levantó la mirada con pesadumbre. Tenía los ojos húmedos y las mejillas sonrosadas por el llanto.
—Soy yo —contestó al tiempo que se ponía en pie.
            El hombre de la bata abrió de par en par la puerta de la consulta y, con una elegancia desmesurada, lo invitó a entrar sin palabras. Francisco lo miró a los ojos al pasar por su lado, adivinó en ellos la noticia que esperaba desde hacía unas semanas, cuando comenzó en silencio una lucha sin tregua contra la enfermedad que lo consumía. Todavía mantenía fresco en su memoria el día que su médico de cabecera le dio la noticia y le dijo que tenía que verlo un oncólogo.
—Siéntese.
            Francisco buscó un asiento y lo acercó a la mesa del médico, quien ya estaba sentado tras ella mientras se acariciaba el bigote con la mirada perdida. Había tenido que dar tantas veces esta noticia… y todavía no sabía cómo empezar.
—¿Tiene familia?
—Sí, una mujer y dos hijos —contestó Francisco.
            De nuevo el silencio, ocasión que aprovechó Francisco para mirar por la única ventana del consultorio. Comprobó que el cielo se estaba cubriendo de nubes plomizas y las sombras se apoderaban de la luz natural, anulándola. En el reflejo del cristal de la ventana, vio cómo comenzaba a titilar la luz dorada de la consulta. El médico miró la luz justo en el instante en que esta frenó su palpitar.
—Se muere —dijo el médico sin más preámbulo.
—Lo sé.
            El médico se volvió hacia Francisco, se apoyó en la mesa que hacía las veces de escritorio y lo miró a los ojos.
—Un par de semanas… Máximo, un mes.
            Francisco sacó de su morral un libro. Hacía tres semanas que comenzó su lectura. El médico lo miraba sorprendido. ¿Cómo puede una persona que se está muriendo sacar una novela en mitad de la consulta?
            Francisco la abrió justo por donde se había quedado el día anterior. El marcapáginas que usaba era una foto que se hizo con su familia un día que fueron a comer al campo. Se quedó embobado, contemplándola con fuerza, como si al hacerlo pudiese viajar en el tiempo y volver a ese día. De hecho, y tan solo por un instante, le pareció estar allí.  Era el cumpleaños de Héctor, su hijo menor. Los iba a echar de menos.
—¿Los podré pasar en casa?
—¿Cómo lleva el dolor?
—Es insoportable, pero he aguantado hasta hoy y quiero estar con mi familia.
—Supongo que querrás más pastillas.
—Supone bien.
            El médico sacó un bote de codeína del cajón y se lo ofreció, dejando una estela compasiva en el acto y un halo misericordioso. En sus muchos años de profesión, nunca había visto nada semejante. Nunca nadie había sido capaz de vivir con esa enfermedad tan fulminante sin pedir ser hospitalizado. Pensó que seguramente se hallaba ante una persona excepcional, capaz de soportar lo insoportable con tal de no ocasionar molestias  a su familia. Pensó que Francisco era una persona exenta de egoísmo, cosa que creía que en su vida iba a ver, y ello le había llevado a sufrir en sus últimos días de vida.           Francisco cogió el bote de codeína y, tras estrechar la mano del doctor y despedirse en un tono luctuoso y aletargado, salió de la consulta y regresó caminando a su casa.
            El cielo comenzó a llorar componiendo una música goteada. Francisco se cubrió dentro de su chaquetón y siguió su camino, volviendo la mirada de vez en cuando. No sabía qué es lo que ocurría, pero se sentía perseguido. Por las calles, apenas había gente y solo el sonido de algún vehículo rompía la monotonía. Tal vez era eso, el excesivo silencio, en una ciudad tan concurrida, lo que le daba pavor.
            Cruzó una avenida y se detuvo ante una tienda para ver su reflejo en el escaparate. La imagen que le devolvía le daba asco, pues al contrario que el médico, él hallaba el reflejo de una persona egoísta. Todavía no le había dicho nada a su mujer, y mucho menos a ninguno de sus hijos. Se estaba muriendo, pero no quería que nadie se compadeciese de él. Pensó que era la persona más egoísta del mundo. De todos modos, cierto era que lo que más deseaba era estar con su familia y, mientras pudiese, les ocultaría lo que le ocurría.
            Reanudó su andanza, pero se detuvo ante el destello de algo sombrío que apareció en su mente al igual que un mensaje subliminal. Dio un paso atrás para verse de nuevo reflejado en el escaparate. ¿Qué es lo que había detrás de él? Se volvió para mirar, pero no había nada ni nadie. No obstante, él habría jurado ver una sombra confusa pero clara, una silueta de algo que no era de este mundo, que producía desasosiego y ardor. Miró de nuevo en el escaparate  y… nada, no había nada.
            Recorrió los últimos metros hasta su casa envuelto en un fulgor impío que provocaba en él un desorden extraño a sus sentimientos. Podía oler su propio miedo y eso es lo que realmente le encrespaba. De nuevo, pensó que era el tipo más egoísta del planeta. No quería quedarse solo, atrapado en otro mundo que no sabía si existía. No quería perderse el proceso de madurez de sus hijos, ver cómo crecían, se casaban y le daban nietos, y quería envejecer junto a su mujer hasta que la muerte los llevase a los dos juntos, al menos, con un tiempo lógico de diferencia.
            Entró en la casa y fue directamente a la ducha. A esas horas, lo normal es que no hubiese nadie. Los chavales estaban estudiando y su mujer, seguramente, estaría de compras o tomando café con alguna amiga con la que charlaría de cosas banales. Se desnudó y se metió en la ducha sin preocuparse de preparar ropa limpia, aunque, de todas formas, no le hacía falta, pues se había duchado por la mañana y la ropa estaba limpia. Lo único que quería era notar el agua tibia recorriéndole el cuerpo. Eso lo calmaba y le ayudaba a olvidarse del dolor.
            Salió de la ducha y se sentó completamente mojado en la taza. De repente, la vista se volvió caprichosa: la perdía de modo intermitente y lo poco que percibía a su alrededor estaba borroso. Los músculos se le relajaron de forma vertiginosa, pero no los nervios, que parecían haberse convertido en una llama que le provocaba un dolor insoportable.
            La negrura se había apropiado de todo. No había otra cosa: dolor y tinieblas.
            Una sombra luminosa apareció a lo lejos y, mientras se acercaba, podía notar cómo el alivio iba en aumento y cómo una sensación de paz pasmosa se adueñaba de él.
—¿Ya ha llegado mi hora? —preguntó Francisco.
—No, si tú quieres… —una voz celestial que parecía provenir de ninguna parte y  de todas, dulce y armoniosa hasta el punto de congelarle a uno el corazón y el alma, nació de la sombra.
—¿Cómo que si yo quiero?
—Solo si tú quieres, vendrás conmigo.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que vivas una vida llena de sufrimiento y dolor agónico.
            Francisco no lograba entender la propuesta y mucho menos si debía aceptarla. ¿Qué es lo que quería decir?
—¿Será desdichada mi familia?
—Eso depende de ti.
—¿Y cuál es el trato?
            De la sombra pareció surgir una mano que portaba un libro y que se lo ofreció a Francisco. Este lo agarró y comprobó, para su asombro, que no solo era el mismo que estaba leyendo en estos momentos, sino que, además, era el suyo. Lo supo en cuanto vio la foto que hacía las veces de marcapáginas.
—No lo entiendo. ¿Qué quieres que haga con esto?
—Si no lo terminas de leer, vivirás; pero vivirás con el dolor que ahora llevas. Vivirás con ese dolor y sus consecuencias. Sin embargo, a cambio, verás crecer a tus hijos y envejecer a tu mujer y cumplir así tu mayor anhelo.
—¿Y si algún día decido leerlo?
—Vendré a por ti.
Francisco abrió el libro por donde lo había dejado la última vez. Tan solo le faltaban treinta páginas…
—Acepto.
            Despertó en los brazos de su mujer, la miró a los ojos y, en un arrebato de sinceridad, le contó lo que le sucedía, pero no lo que le acababa de ocurrir, pues pensaba que era un sueño, un simple sueño de los que habla la gente cuando se supone que llega su hora. «O tal vez —pensó— puede ser un exceso de codeína».
            La mujer no sabía si enfurecerse o compadecerse. Que le hubiera ocultado la enfermedad durante tanto tiempo era algo que ella no comprendía. Pensó en arremeter contra su aislamiento, pero finalmente se compadeció y rompió a llorar. Después, lo ayudó a tumbarse en la cama y, al abrir el edredón, descubrió la novela que su marido estaba leyendo bajo la almohada. Él nunca la dejaba ahí, siempre que emprendía una lectura la solía llevar con él a todas partes, de ahí que le cundiera tanto, pero siempre los dejaba en la mesita, no debajo de la almohada. Es más, el último recuerdo nítido que tenía de la novela fue que la sacó en la consulta para contemplar la foto de su familia.
—Toma —le ofreció el libro la mujer tras haberlo acostado.
            Francisco lo tomó, lo miró detenidamente y, en un sentimiento disfrazado que daba indicios de cierto temor, lo devolvió a su mujer y le pidió que lo guardara en el cajón de la mesilla de noche. Le hubiese gustado terminarla y estrenar el flexo nuevo que había colocado en la pared para sus noches de lectura, pero algo en su interior le indujo a abandonar la novela, a olvidarla, a no quererla.

Año 2011… Una hora antes.
            El sol entraba por la ventana de la habitación de una forma intensa. El sonido animado de la calle, entre voces y bocinazos que se mezclaban con el cantar de algunos pájaros que Francisco tenía en la ventana, era reconfortante. A sus ochenta y dos años, le encantaba comprobar que el mundo estaba lleno de vida y alegría. Estaba contento. El dolor que sentía y le regaba todo el sistema nervioso había sido el mismo como prometió la sombra, pero a él se le habían unido las yagas producidas por el roce de las sábanas. Pensó que si volviera aquel día, hace exactamente cuarenta y nueve años,  aceptaría de nuevo el pacto. Tras cavilar un rato, llamó a su mujer en un grito ahogado, al que ya estaba acostumbrada, y esta acudió en seguida.
—¿Qué necesitas?
—A ti, te necesito a ti.
—Anda, tontilán…
            Francisco alargó la mano, atrapó a su esposa por el muslo y la acercó hacia sí para después propinarle una palmadita en el trasero.
—¿No tienes dolor?
—Es insoportable… —contestó Francisco mientras su esposa levantaba las sábanas para comprobar el estado de las pústulas que le habían salido tras pasar años encamado—. Llama a los niños, que vengan.
            Su esposa no terminaba de entender por qué le pedía semejante cosa; pero era la primera vez que solicitaba algo de modo explícito. Nunca le había pedido nada, ni un calmante ni la comida, nada. Todo lo hacía ella porque nacía, en lo más profundo de su esencia, del amor que sentía por su marido. Él nunca la había molestado como hacían la mayoría de los enfermos, y más aún cuando eran ancianos. Nunca lo había escuchado quejarse delante de ella, pero por las noches, en la más extrema soledad y en silencio, lo escuchaba aullar de dolor.
Media hora después, entraron en la habitación dos hombres con los rasgos de Francisco.
—¿Cómo está, padre? —preguntó el mayor.
—Mejor que nunca —Francisco se irguió un poco en la cama y buscó con la mirada—. ¿Y mis nietos y nueras?
—Están fuera, padre.
—Pues que pasen de una vez, hombre.
            A los cinco minutos, entraron en la habitación corriendo, y a la voz de «¡Abuelo! ¡Abuelo!», dos chavales que debían de tener entre 14 y 16 años y una chiquilla idéntica a su abuela, en cuya mirada se percibía una nota de timidez.  Detrás de sus dos nietos y su nieta, entraron las esposas de sus hijos y, tras ellas, su esposa e hijos. Ya los tenía allí a todos.
            No pudo hacer otra cosa que sonreír. Después, le pidió a su mujer que le acercara el libro que tenía en la mesilla de noche y que cerrara a cal y canto las persianas. Le dio un beso y le dijo que, por fin, había llegado el momento de estrenar el flexo.

domingo, 15 de mayo de 2011

Jacinta, la culebra traviesa. (Borrador)

Por Daniel Rubio

JACINTA, LA CULEBRA TRAVIESA

     Antonio pasaba los días en el campo, en  concreto en una parcela de oliveras y aquella mañana realizando tareas de poda, recogida de ramas y quema. Era un hombre más bien gordo, pequeño y… bueno, algo feo si que era la verdad. Introvertido como el que más y trabajador como nadie, pero su aprensión por las serpientes lo llevaba de culo. Y nunca mejor dicho…

     En el primer encuentro con nuestra amiga Jacinta, una serpiente de escalera muy común en España, a excepción de en las zonas montañosas del norte, estaba el susodicho Antonio, como ya he dicho al principio, realizando sus tareas del campo. El caso es que a Antonio, entre otras cosas que no vienen a cuento, lo que más le gustaba era defecar en el campo, y cosas de la vida que siempre lo hacía a la misma hora, las diez de la mañana. 

     El hombre, muy feliz, terminaba de recoger un puñado de ramas y las echó a la hoguera. Fue hacia el coche, una Citroën C15, para coger el rollo de papel higiénico que siempre llevaba a la parte de atrás, en la bolsa de canguro que llevan los coches en los asientos delanteros. Mientras bajaba por una prolongada rampa hacia la carrasca de sus sueños, porque era su sitio favorito para cagar, perdón, defecar, una sonrisa maliciosa de vicio se le acentuaba en su rostro de forma maquiavélica. Cuánto voy a disfrutar, pensaba.

     Ya apostillado, con los pantalones por los tobillos, mirando al cielo mientras soplaba de alegría y por el esfuerzo, comenzó a oír un silbido extraño pero muy conocido por él. ¡Una serpiente! El temblor de sus piernas, causado por un extravagante miedo, se podía escuchar como si estuvieran cortando el aire con una vara de bambú. Se giró lentamente, con pasitos cortos y sin levantarse, lo que le hacía parecer una especie de enano borracho. Allí estaba Jacinta, mirándolo fíjamente a los ojos. Con su lengua bífida agitada en silbidos violentos. 

-        ¿Por qué ahora?- preguntó Antonio.

     Pero la serpiente, lógicamente, no le contestó. 

     Antonio avanzaba marcha atrás mientras el zurullo asomaba tímido lo que indicaba el principio de una gran cagada, perdón, defecación. El sudor provocado por el miedo le empapaba las axilas y la frente, pero él no se detenía en su lenta huida marcha atrás. Mientras se apoyaba como podía en el suelo pedregoso encontró un palo de una longitud corta pero buen grosor. Asustado, se colocó en cuclillas con Pepito colgándole por donde no sale el sol, y comenzó a achuchar a Jacinta con el palo. Ésta, al principio se echó hacia atrás, lo que provocó que Antonio se calmara y claro, con tanta relajación después de un buen susto, Pepito cayó solo. ¡Qué gustito! Pensó Antonio antes de comprobar que lo había hecho sobre sus propios calzoncillos. Con toda la mala leche del mundo, buscó con ahínco el rollo de papel que había bajado para la ocasión y que se encontraba detrás de él. Se puso en pie, olvidándose de la serpiente, y se giró para hacerse con el rollo y retirar la asquerosidad que le había caído encima. Justo al agacharse, la serpiente salió de su escondite provisional abalanzándose sobre el grueso culo de Antonio y le propinó un bocado de un buen par de… le dio un bocado.

-        ¡Me cago en…!

     Antonio se irguió dolorido, más por la sorpresa del ataque que por el dolor del mordisco. Se giró bruscamente para intentar quitársela, pero Jacinta no se soltaba. Intentó, haciendo de tripas corazón, agarrarla con las manos y soltársela como bien pudiese, pero Jacinta era mucho más hábil que él y siempre se le escurría. El pobre agricultor, ya abatido, salió corriendo hacia la furgoneta con los pantalones por los tobillos, Pepito en  los calzoncillos, despidiendo su aroma y engorronándolo todo, y la culebra agarrada a su trasero. El pingüino, quiero decir el agricultor, subió por la rampa que antes había tenido que bajar, pero lo hizo por una zona de cardos. La serpiente, muy inteligente, se soltó antes de llegar ahí, pero Antonio no se dio cuenta y siguió en es camino, en vez de ir por la zona limpia, así que imagínate como acabaron sus herramientas de colgar. Y no, no me refiero a las tijeras, la hachuela…

     Antonio llegó malhumorado a su casa. Su mujer, al verlo, le preguntó si le había ocurrido algo. Antonio no contestó y se fue directamente a la ducha. 

-        ¡Qué olor más mala!- gritó la mujer para que él lo oyera. 

     Sólo faltaba el cachondeo, pensó Antonio.

     Aquella noche no pudo dormir. Lo intentó de mil formas, maneras y colores, pero nada, el sueño no lo visitaba y cada vez que intentaba contar ovejitas, la puñetera Jacinta se le colaba en sus pensamientos y las devoraba a todas. 

-        Mañana vas a ver tú.- Pensó en voz alta.

     Con unas ojeras que le llegaban a los pies, muerto de sueño y cansancio, se levantó a la mañana siguiente. La mujer lo miraba estupefacta, pues nunca había visto así a su marido. No dio los buenos días. No saludó a nadie. Subió a la cámara y cogió del armero la escopeta que tenía para los días de caza. 

     Aparcó donde siempre, a la sombra de un almendro y cogió la escopeta, la cargó y bajó por la rampa hacia la carrasca.  Y miró por todas partes, pero la serpiente no estaba. Decidió sentarse en una piedra con la escopeta lista para disparar esperando la aparición de Jacinta. “Ya verás, ya”. Pensaba él. 

     Jacinta estaba justo detrás, mirándolo desde la madriguera que algún conejo había abandonado y  había tomado, ella, como hogar. No emitió sonido alguno. Tan solo se limitó a deslizarse suavemente sobre sus escamas, acercándose a Antonio. Y cuando lo alcanzó, se irguió sobre su cola y comenzó a propinarle latigazos, de tal envergadura, que el sonido que producían al chocar con el cuerpo del agricultor se asemejaba al disparo de una mágnum del 35 como poco. Antonio se levantó de la piedra con el miedo metido en las venas. Intentó girarse y disparar a Jacinta con tan mala suerte que éste tropezó con sus propios pies y cayó al suelo. 

     La serpiente huyó a un montón de piedras que había en una horma cercana y se coló entre ellas. Antonio se levantó, algo amoratado, y fue hacia la horma con la intención de retirar todas las piedras.  Y en ello estaba cuando pasaba por allí el Seprona, ese cuerpo de la guardia civil que se dedica a vigilar nuestros montes.

-        Buenos días- dijo uno de los guardias.

-        Buenos días- contestó Antonio.

-        ¿Se puede saber qué hace?

     Antonio miró donde tenía el arma e intentó ocultarla aplicándole un pequeño puntapié, pero como la suerte no estaba de su lado últimamente, el arma se disparó. El guardia que estaba más cerca se abalanzó sobre él. El otro fue corriendo a por el arma. Y la serpiente, Jacinta, miraba por entre los huecos la escena mientras parecía reír agitando su lengua bífida. 

      Pasó toda la mañana en el retén intentando explicar lo que le estaba ocurriendo con la serpiente. Por supuesto, nadie le creyó y le decomisaron el arma y le retiraron la licencia de caza, todo ello tras extenderle una suculenta receta que ni tomando siete valium producían el mismo efecto. 

     La mujer de Antonio, una vez más, lo vio llegar a casa malhumorado. Se sentó a la mesa e intentó comer algo, pero el estómago lo tenía cerrado y encima no había ido a defecar en toda la mañana, lo que le daba una sensación de pesadez e hinchazón excesivas. “Toda la vida he sido tan puntual…” 

     Pasó un año entero en el que intentó por todos los medios librarse de Jacinta. Pero cada vez que lo intentaba, siempre le ocurría algo. Una vez, mientras preparaba una trampa le atacaron, al menos, una docena de perros que confundieron a éste con un animal. Aquél día tuvo suerte, pues los animales, bastante más listos que cualquier ser humano, no tardaron en darse cuenta de que era un hombre, muy feo y gordo, pero no dejaba de ser un hombre. Y se fueron a seguir con su cacería siguiendo los pasos de su dueño que se hizo el sueco ante el ataque de sus canes.  Otra vez siguió a Jacinta por un perdido hasta que esta se escondió detrás de unas colmenas que un apicultor tenía allí colocadas. Antonio iba tan cegado con matar a la culebra, que chocó con uno de los cajones y, las abejas, que pensaban que era el ataque descabellado de un saqueador,  lo cosieron a picotazos. Otra vez más perdió un día valioso en urgencias. 

      Después de ese espantoso año, Antonio, se dijo que no iba a perseguir a ese sibilino reptil. Pero día tras días, cada vez que acudía a sus oliveras, ella lo miraba desde lo lejos y lo retaba, y claro, él, no se podía contener y siempre acababa detrás de ella.
***
     De nuevo llegó la época de poda del olivo y Antonio se disponía felizmente a realizarla, tijeras en mano y hachuela en cinto, cuando cayó en la cuenta de que Jacinta, no había ido a verlo. Sintió algo extraño, como si le faltase algo. Dejó las tijeras colgadas en una rama y fue en su busca. Nada. Jacinta se había marchado. 

     Al día siguiente, fue otra vez a esa parcela, más que mas porque tenía que acabar de podar, recoger y quemar todas las ramas. Pero, mientras realizaba sus tareas, de vez en cuando se giraba hacia la carrasca buscando a Jacinta. “No está”, pensó. Y otra vez, dejó las tijeras en la rama de una olivera y fue en su busca. 

     Buscándola estaba cuando le dio un repentino apretón. Puntual como desde hace mucho tiempo, a excepción del último año, a las diez de la mañana. Así que, felizmente, se acercó a su Citroën C15, atrapó su rollo de papel higiénico y bajó la prolongada rampa hasta llegar a la carrasca. Se colocó en cuclillas con los pantalones por los tobillos y, en el momento cumbre del sumun del placer cagadil, vio asomar la cabeza de Jacinta.  “Qué extraño, no se mueve”, pensaba. Cogió el palo que abandonó allí hace un año y la tocó con suavidad. Nada, que no se movía. 

     Terminó de hacer sus cosas y tras limpiarse a conciencia, se puso en pie y miró a Jacinta. Ésta no se movía, pero al fondo de la carrasca, en la umbría, algo se agitaba… ¡más de una docena de culebras!
     
    

Un regalo para mi madre

Por Daniel Rubio
Un regalo para mi madre

Cuando era joven, me parecía que era la madre más hermosa que se podía tener. Tenía unos labios preciosos a pesar de su escasez, pues a duras penas se podían ver, a no ser que se los untara en rojo; grandes ojos negros, con un brillo perdido por el exceso, y una larga melena negra, que parecía un retazo de seda compuesto de hilos sueltos y finos.
            En parte, quiero darle las gracias por no haberme dado la oportunidad de conocer a mi padre, que seguro disfruta de su familia sin acordarse de mí. Por él, tengo hermanos a los que no conozco, aunque tampoco me hace ilusión conocerlos, pues no creo que ellos me hayan buscado. Y esto lo digo por una pequeña experiencia en mis tiempos de orfanato.
            No le daré nunca las gracias por las ocasiones en que la he pillado pinchándose, fumando en base o con el mono; pero sí le daré las gracias por haberme hecho temer las drogas. Y lo hizo enseñándome los efectos nocivos y devastadores que trae su consumo, porque realmente jamás me dijo que eso fuera malo. En la vida se ha molestado en decirme: «Hijo, esto nunca lo hagas» o «Hijo, estudia» o «Hijo, pórtate bien». En definitiva, todas esas cosas que los padres dicen a sus hijos para intentar llevarlos por buen camino.
            Nunca le daré las gracias por sus eternas ausencias, en las que nos dejaba al cuidado de mi abuela, la que hoy por hoy aún me dice de vez en cuando cuánto me quiere; pero que, cuando tenía que mantenerme, me mandaba a la calle para que me buscara la vida. Nunca le daré las gracias por haberme dejado con la única persona que me ha enseñado lo que es pasar hambre; por dejarme con la persona que tenía una pareja asquerosa e inmunda que, de vez en cuando, se desahogaba soltándome alguna que otra paliza. Yo tenía ocho años.
            Le doy las gracias porque un día fue a los Servicios Sociales y se deshizo de mí y mis hermanos, aunque después se arrepintió e intentó llevarnos otra vez con ella. También debería darle las gracias porque, cuando lo intentó, aunque ya no se drogaba, era alcohólica y el juez lo desestimó. Le doy las gracias por haberme traído al mundo con dos dedos de conocimiento para que yo, con doce años, le dijera al juez que prefería el orfanato antes que ir con ella, cuando lo intentó por segunda vez.
            Le doy las gracias porque, cuando me internaron en el orfanato, conocí a una persona muy importante en mi vida, Rosa Tere, la única persona que me mostró el poder del cariño y me ofreció una oportunidad, educándome con mano dura cuando lo merecía y tierna cuando la necesitaba.
            Le agradezco que, gracias a su ineficacia, me adoptara una familia que, a pesar de no haber sabido transmitirme ningún tipo de afecto ni valor, me ha dado la oportunidad de forjarme un futuro, a base de mi esfuerzo y mi trabajo. A ellos les doy las gracias solo por haberme tenido en su casa, pues el amor paternal brilló por su ausencia y en su día hicieron fuerza por que dos hermanos se separaran, movidos por un sentimiento de envidia en cuanto vieron que mi vida comenzaba a ser un éxito personal, pues con diecisiete años comuniqué que me emancipaba y dejé de ser una carga para ellos, hecho que aprovecharon para darme a entender que no iba a llegar a nada en la vida y también para insinuar, con sus extravagantes comentarios, que yo era un desagradecido y que estaba falto de sentimientos. Además, me reprochaban la ropa que me compraban o las comidas que me ponían al día. Nunca me ayudaron en nada, y si lo hicieron alguna vez fue para baldear su conciencia y su imagen. Pero aún así, y por suerte, hoy por hoy, la gente me conoce y sabe quién soy.
A mi madre, de nuevo, le doy las gracias por no haberme dado lo que todo niño necesita: calor. Las galanuras a su comportamiento incívico y exiguo ánimo de pelear por su familia, que no era otra que mi hermano, mi hermana y yo, porque eso fue el sumun, la cima y el azote a lo que hoy por hoy puedo llamar vida. Y le doy las gracias porque, debido a esa mierda de vida que me dio, he conocido a mi verdadera familia: mi mujer, que me ha dejado a sus padres para que fueran míos, los cuales me han querido como a un hijo y que han luchado por que mi mujer y yo salgamos adelante. Y sobre todo, le doy las gracias porque, sin todo ese cúmulo de circunstancias, no hubiese podido vivir el pasaje más feliz y hermoso de mi vida, mi hija, por la que lucharé con todas mis fuerzas y a la que le daré hasta la última gota de amor que no he gastado por no tener a nadie a mi alrededor hasta que conocí a su madre, la dueña de mi vida, mi alma y mi corazón.
Mi madre era una mujer débil, pero, por todo ello, feliz día de la madre.