domingo, 22 de mayo de 2011

EL PACTO




Por Daniel Rubio
EL PACTO

Año 2011…
            En la habitación se podía cortar el hedor a muerte. Todo era oscuridad, a excepción de un haz de luz que provenía de un flexo maltrecho que pendía de la pared, encima de la cama.
            Francisco se encontraba ante la última página de su novela favorita, la cual comenzó a leer hace cincuenta años. Cerró los ojos y empezó a valorar si todo el sufrimiento había valido la pena…    
            Año 1962…
            Francisco esperaba en el pasillo del hospital bajo un ambiente gélido. La tos era cada vez más insistente y penetrante. Notaba cómo le ardía el pecho y el sabor metálico de la sangre le producía náuseas cada nuevo acceso de tos. No podía dejar de pensar en su mujer y en sus dos criaturas. Eran tan pequeños y tan indefensos que no se merecían quedarse sin padre, y los quería tanto que pensar que se estaba muriendo lo hundía todavía más en un mar depresivo donde la corriente lo arrastraba en dirección contraria a la deseada.
            Un hombre alto, moreno y con un extravagante bigote retorcido en los extremos, que vestía una bata blanca con demasiada elegancia y una corbata roja, salía de una de las consultas. Miró de un lado a otro y vio a Francisco sentado en una de las butacas de madera del solitario y mal iluminado pasillo del hospital. Estaba cabizbajo y parecía no contener alma alguna en su ser. Todo era tristeza y dejadez en su porte y parecía acompañar una marcha fúnebre en conjunto con el tubo fluorescente que parpadeaba encima de él.
—¿Francisco Pérez? —llamó.
            Francisco levantó la mirada con pesadumbre. Tenía los ojos húmedos y las mejillas sonrosadas por el llanto.
—Soy yo —contestó al tiempo que se ponía en pie.
            El hombre de la bata abrió de par en par la puerta de la consulta y, con una elegancia desmesurada, lo invitó a entrar sin palabras. Francisco lo miró a los ojos al pasar por su lado, adivinó en ellos la noticia que esperaba desde hacía unas semanas, cuando comenzó en silencio una lucha sin tregua contra la enfermedad que lo consumía. Todavía mantenía fresco en su memoria el día que su médico de cabecera le dio la noticia y le dijo que tenía que verlo un oncólogo.
—Siéntese.
            Francisco buscó un asiento y lo acercó a la mesa del médico, quien ya estaba sentado tras ella mientras se acariciaba el bigote con la mirada perdida. Había tenido que dar tantas veces esta noticia… y todavía no sabía cómo empezar.
—¿Tiene familia?
—Sí, una mujer y dos hijos —contestó Francisco.
            De nuevo el silencio, ocasión que aprovechó Francisco para mirar por la única ventana del consultorio. Comprobó que el cielo se estaba cubriendo de nubes plomizas y las sombras se apoderaban de la luz natural, anulándola. En el reflejo del cristal de la ventana, vio cómo comenzaba a titilar la luz dorada de la consulta. El médico miró la luz justo en el instante en que esta frenó su palpitar.
—Se muere —dijo el médico sin más preámbulo.
—Lo sé.
            El médico se volvió hacia Francisco, se apoyó en la mesa que hacía las veces de escritorio y lo miró a los ojos.
—Un par de semanas… Máximo, un mes.
            Francisco sacó de su morral un libro. Hacía tres semanas que comenzó su lectura. El médico lo miraba sorprendido. ¿Cómo puede una persona que se está muriendo sacar una novela en mitad de la consulta?
            Francisco la abrió justo por donde se había quedado el día anterior. El marcapáginas que usaba era una foto que se hizo con su familia un día que fueron a comer al campo. Se quedó embobado, contemplándola con fuerza, como si al hacerlo pudiese viajar en el tiempo y volver a ese día. De hecho, y tan solo por un instante, le pareció estar allí.  Era el cumpleaños de Héctor, su hijo menor. Los iba a echar de menos.
—¿Los podré pasar en casa?
—¿Cómo lleva el dolor?
—Es insoportable, pero he aguantado hasta hoy y quiero estar con mi familia.
—Supongo que querrás más pastillas.
—Supone bien.
            El médico sacó un bote de codeína del cajón y se lo ofreció, dejando una estela compasiva en el acto y un halo misericordioso. En sus muchos años de profesión, nunca había visto nada semejante. Nunca nadie había sido capaz de vivir con esa enfermedad tan fulminante sin pedir ser hospitalizado. Pensó que seguramente se hallaba ante una persona excepcional, capaz de soportar lo insoportable con tal de no ocasionar molestias  a su familia. Pensó que Francisco era una persona exenta de egoísmo, cosa que creía que en su vida iba a ver, y ello le había llevado a sufrir en sus últimos días de vida.           Francisco cogió el bote de codeína y, tras estrechar la mano del doctor y despedirse en un tono luctuoso y aletargado, salió de la consulta y regresó caminando a su casa.
            El cielo comenzó a llorar componiendo una música goteada. Francisco se cubrió dentro de su chaquetón y siguió su camino, volviendo la mirada de vez en cuando. No sabía qué es lo que ocurría, pero se sentía perseguido. Por las calles, apenas había gente y solo el sonido de algún vehículo rompía la monotonía. Tal vez era eso, el excesivo silencio, en una ciudad tan concurrida, lo que le daba pavor.
            Cruzó una avenida y se detuvo ante una tienda para ver su reflejo en el escaparate. La imagen que le devolvía le daba asco, pues al contrario que el médico, él hallaba el reflejo de una persona egoísta. Todavía no le había dicho nada a su mujer, y mucho menos a ninguno de sus hijos. Se estaba muriendo, pero no quería que nadie se compadeciese de él. Pensó que era la persona más egoísta del mundo. De todos modos, cierto era que lo que más deseaba era estar con su familia y, mientras pudiese, les ocultaría lo que le ocurría.
            Reanudó su andanza, pero se detuvo ante el destello de algo sombrío que apareció en su mente al igual que un mensaje subliminal. Dio un paso atrás para verse de nuevo reflejado en el escaparate. ¿Qué es lo que había detrás de él? Se volvió para mirar, pero no había nada ni nadie. No obstante, él habría jurado ver una sombra confusa pero clara, una silueta de algo que no era de este mundo, que producía desasosiego y ardor. Miró de nuevo en el escaparate  y… nada, no había nada.
            Recorrió los últimos metros hasta su casa envuelto en un fulgor impío que provocaba en él un desorden extraño a sus sentimientos. Podía oler su propio miedo y eso es lo que realmente le encrespaba. De nuevo, pensó que era el tipo más egoísta del planeta. No quería quedarse solo, atrapado en otro mundo que no sabía si existía. No quería perderse el proceso de madurez de sus hijos, ver cómo crecían, se casaban y le daban nietos, y quería envejecer junto a su mujer hasta que la muerte los llevase a los dos juntos, al menos, con un tiempo lógico de diferencia.
            Entró en la casa y fue directamente a la ducha. A esas horas, lo normal es que no hubiese nadie. Los chavales estaban estudiando y su mujer, seguramente, estaría de compras o tomando café con alguna amiga con la que charlaría de cosas banales. Se desnudó y se metió en la ducha sin preocuparse de preparar ropa limpia, aunque, de todas formas, no le hacía falta, pues se había duchado por la mañana y la ropa estaba limpia. Lo único que quería era notar el agua tibia recorriéndole el cuerpo. Eso lo calmaba y le ayudaba a olvidarse del dolor.
            Salió de la ducha y se sentó completamente mojado en la taza. De repente, la vista se volvió caprichosa: la perdía de modo intermitente y lo poco que percibía a su alrededor estaba borroso. Los músculos se le relajaron de forma vertiginosa, pero no los nervios, que parecían haberse convertido en una llama que le provocaba un dolor insoportable.
            La negrura se había apropiado de todo. No había otra cosa: dolor y tinieblas.
            Una sombra luminosa apareció a lo lejos y, mientras se acercaba, podía notar cómo el alivio iba en aumento y cómo una sensación de paz pasmosa se adueñaba de él.
—¿Ya ha llegado mi hora? —preguntó Francisco.
—No, si tú quieres… —una voz celestial que parecía provenir de ninguna parte y  de todas, dulce y armoniosa hasta el punto de congelarle a uno el corazón y el alma, nació de la sombra.
—¿Cómo que si yo quiero?
—Solo si tú quieres, vendrás conmigo.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que vivas una vida llena de sufrimiento y dolor agónico.
            Francisco no lograba entender la propuesta y mucho menos si debía aceptarla. ¿Qué es lo que quería decir?
—¿Será desdichada mi familia?
—Eso depende de ti.
—¿Y cuál es el trato?
            De la sombra pareció surgir una mano que portaba un libro y que se lo ofreció a Francisco. Este lo agarró y comprobó, para su asombro, que no solo era el mismo que estaba leyendo en estos momentos, sino que, además, era el suyo. Lo supo en cuanto vio la foto que hacía las veces de marcapáginas.
—No lo entiendo. ¿Qué quieres que haga con esto?
—Si no lo terminas de leer, vivirás; pero vivirás con el dolor que ahora llevas. Vivirás con ese dolor y sus consecuencias. Sin embargo, a cambio, verás crecer a tus hijos y envejecer a tu mujer y cumplir así tu mayor anhelo.
—¿Y si algún día decido leerlo?
—Vendré a por ti.
Francisco abrió el libro por donde lo había dejado la última vez. Tan solo le faltaban treinta páginas…
—Acepto.
            Despertó en los brazos de su mujer, la miró a los ojos y, en un arrebato de sinceridad, le contó lo que le sucedía, pero no lo que le acababa de ocurrir, pues pensaba que era un sueño, un simple sueño de los que habla la gente cuando se supone que llega su hora. «O tal vez —pensó— puede ser un exceso de codeína».
            La mujer no sabía si enfurecerse o compadecerse. Que le hubiera ocultado la enfermedad durante tanto tiempo era algo que ella no comprendía. Pensó en arremeter contra su aislamiento, pero finalmente se compadeció y rompió a llorar. Después, lo ayudó a tumbarse en la cama y, al abrir el edredón, descubrió la novela que su marido estaba leyendo bajo la almohada. Él nunca la dejaba ahí, siempre que emprendía una lectura la solía llevar con él a todas partes, de ahí que le cundiera tanto, pero siempre los dejaba en la mesita, no debajo de la almohada. Es más, el último recuerdo nítido que tenía de la novela fue que la sacó en la consulta para contemplar la foto de su familia.
—Toma —le ofreció el libro la mujer tras haberlo acostado.
            Francisco lo tomó, lo miró detenidamente y, en un sentimiento disfrazado que daba indicios de cierto temor, lo devolvió a su mujer y le pidió que lo guardara en el cajón de la mesilla de noche. Le hubiese gustado terminarla y estrenar el flexo nuevo que había colocado en la pared para sus noches de lectura, pero algo en su interior le indujo a abandonar la novela, a olvidarla, a no quererla.

Año 2011… Una hora antes.
            El sol entraba por la ventana de la habitación de una forma intensa. El sonido animado de la calle, entre voces y bocinazos que se mezclaban con el cantar de algunos pájaros que Francisco tenía en la ventana, era reconfortante. A sus ochenta y dos años, le encantaba comprobar que el mundo estaba lleno de vida y alegría. Estaba contento. El dolor que sentía y le regaba todo el sistema nervioso había sido el mismo como prometió la sombra, pero a él se le habían unido las yagas producidas por el roce de las sábanas. Pensó que si volviera aquel día, hace exactamente cuarenta y nueve años,  aceptaría de nuevo el pacto. Tras cavilar un rato, llamó a su mujer en un grito ahogado, al que ya estaba acostumbrada, y esta acudió en seguida.
—¿Qué necesitas?
—A ti, te necesito a ti.
—Anda, tontilán…
            Francisco alargó la mano, atrapó a su esposa por el muslo y la acercó hacia sí para después propinarle una palmadita en el trasero.
—¿No tienes dolor?
—Es insoportable… —contestó Francisco mientras su esposa levantaba las sábanas para comprobar el estado de las pústulas que le habían salido tras pasar años encamado—. Llama a los niños, que vengan.
            Su esposa no terminaba de entender por qué le pedía semejante cosa; pero era la primera vez que solicitaba algo de modo explícito. Nunca le había pedido nada, ni un calmante ni la comida, nada. Todo lo hacía ella porque nacía, en lo más profundo de su esencia, del amor que sentía por su marido. Él nunca la había molestado como hacían la mayoría de los enfermos, y más aún cuando eran ancianos. Nunca lo había escuchado quejarse delante de ella, pero por las noches, en la más extrema soledad y en silencio, lo escuchaba aullar de dolor.
Media hora después, entraron en la habitación dos hombres con los rasgos de Francisco.
—¿Cómo está, padre? —preguntó el mayor.
—Mejor que nunca —Francisco se irguió un poco en la cama y buscó con la mirada—. ¿Y mis nietos y nueras?
—Están fuera, padre.
—Pues que pasen de una vez, hombre.
            A los cinco minutos, entraron en la habitación corriendo, y a la voz de «¡Abuelo! ¡Abuelo!», dos chavales que debían de tener entre 14 y 16 años y una chiquilla idéntica a su abuela, en cuya mirada se percibía una nota de timidez.  Detrás de sus dos nietos y su nieta, entraron las esposas de sus hijos y, tras ellas, su esposa e hijos. Ya los tenía allí a todos.
            No pudo hacer otra cosa que sonreír. Después, le pidió a su mujer que le acercara el libro que tenía en la mesilla de noche y que cerrara a cal y canto las persianas. Le dio un beso y le dijo que, por fin, había llegado el momento de estrenar el flexo.

13 comentarios:

Merce CB dijo...

Me ha encantado.
Era un pacto con el diablo o con Dios? :-D
Genial y buenísimo.
Me encanta tu escritura

Daniel Rubio dijo...

He preferido que cada uno suelte su imaginación en este apartado, lo he abierto a mil posibilidades, y muchas gracias, tu historias también enganchan... estoy con ella. Saludos.

Daniel Rubio dijo...

He corregido un poco el primer párrafo, añadiendo dos comas y quitando una, y en el segundo, que es su ser, y quería decir en su ser. Saludos.

La atalaya de la bruja dijo...

Estupendo relato, es bueno no explicar demasiado, que el lector haga su propia reflexión. Saludos

Daniel Rubio dijo...

Muchas gracias, Atalaya, lo tendré en cuenta. Saludos.

Erzengel dijo...

Ju! Muy bueno! Daniel tienes pasta! Sigue así!

Un consejo: cuando quieras corregir tus propios escritos, espera varios días para hacerlo, así verás todo más claro...

Besos!

Daniel Rubio dijo...

Muchas gracias Erzengel.

Anónimo dijo...

tu eres un dechado de sorpresas¡¡ me gusto lo que leí ; yo leo mas, que escribir, muy bueno tienes una admiradora mas de tus escritos....gladis

Daniel Rubio dijo...

Muchas gracias Gladis, espero que vengan muchos más.

Bocanegra dijo...

He entrado a tu blog, Daniel. Lo encuentro interesante. Veo que expones lo urgentemente social a la par que lo necesariamente personal. Son dos carreteras que llevan a muchos lugares, hay que continuar en todos esos posibles viajes.

Daniel Rubio dijo...

Jajajajjajaja, pero va a ser muy difícil... pero bueno... se hará. Un saludo.

Anónimo dijo...

h

Anónimo dijo...

Impresionante. Tu manera de narrar engancha. Me sorprende como mezclas a la vez el dolor y la angustia, lo sobrenatural y mundano con lo espiritual y el amor familiar. Es un sentimiento nuevo, que comienza oprimiendo el corazón casi hasta axficsiarlo durante toda una VIDA y que unos instantes antes de ver la MUERTE te llena de paz y felicidad. Creo que puedo decir que es la primera vez que experimento esa sensación leyendo.
Eres un crack.
Atte. Pacheco.

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