sábado, 17 de septiembre de 2011

Mensaje en una botella: Cuarentena. Parte IV

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Mensaje en una botella: Cuarentena. Parte IV
Condujeron a Christophe, junto a un numeroso grupo bien escoltado por soldados alemanes, hacia un pabellón llamado “Bloque 26”. Dentro, una docena de hombres esperaban su llegada.
Primero, les raparon la cabeza a todos. Luego, los obligaron a entrar en una especie de duchas y, tras lanzarles unos polvos sobre el cuerpo, los remojaron en agua hirviendo y, después, helada. El dolor que eso causó en los hombres fue insoportable. Christophe, hablando para sí, pidió perdón por vivir. Nunca se le había pasado por la cabeza que el ser humano fuese capaz de crear tanto sufrimiento. Cuando los alemanes dejaron de lanzarles el agua helada, entraron en los baños con la intención de amedrentar a los prisioneros. Algunos se quedaron en cuclillas en el suelo, y esos fueron los peor parados, pues los colocaron firmes a golpe de porra. Christophe se obligaba a sí mismo a no caer, aunque el esfuerzo estaba siendo sobrehumano, ya que le dolían las articulaciones. Pero aguantó.

Tras pasar varios minutos en los baños, soportando palizas e insultos de los alemanes, los colocaron en fila y los sacaron desnudos a un patio trasero. En el exterior, se levantaba una neblina alrededor de sus cuerpos, el frío era insoportable y Christophe podía incluso notar en su piel el calor de los focos. Al rato, llegaron dos capos con sacos de ropa a sus espaldas. Uno de los sacos que estaba mal cerrado le permitió a Christophe ver de qué se trataba. Eran los uniformes que todos los prisioneros llevaban por allí. El uniforme de rayas.
En cuanto se los colocaron, la mayoría sucios y de tallas más grandes, fueron conducidos a una nueva mesa. Fue la misma cantinela que cuando llegaron en el tren, solo que, esta vez, el oficial que se encargaba del empadronamiento ya tenía la documentación de cada uno de ellos. En un principio, Christophe, se quedó estupefacto, pero enseguida recordó que los entregó en una mesa similar en cuanto bajó del tren.
—¿Profesión? —preguntó el oficial.
—Soy médico, señor —contestó uno de los prisioneros.
El oficial tomó al hombre por el antebrazo y miró el número, ya casi borrado.
—Ve allí —ordenó señalando el lugar.
Llegó el turno de Christophe.
—¿Oficio?
—Albañil, señor.
El oficial repitió el mismo ritual que con el anterior: cogió su antebrazo y comprobó el número que le habían escrito a boli cuando llegó a Auschwitz. Aún se podía ver, pero el oficial le apuntó en un papel su número.
—Ve hacia allí —dijo indicando con su dedo índice la dirección.
Bajo la atenta mirada de los soldados, Christophe se dirigió por la corta senda que estaba dibujada en la nieve hacia el lugar indicado, donde lo esperaba un hombre con una máquina de agujas que producía un sonido similar al de las abejas. El hombre le agarró el antebrazo, miró el número que tenía escrito y se lo grabó en la piel. Mientras, otro le escribió el número en la pechera de su nueva vestimenta. Tras eso, unos capos lo llevaron a otro pabellón y lo encerraron en un cuarto en el que apenas se podía tumbar, ni siquiera estar de pie. Allí permaneció encerrado ocho semanas. Le propinaron palizas, lo adiestraron militarmente y le hicieron perder 20 kilos.
Dilapidaron la poca dignidad que le podía quedar cuando llegó.
Continuará…

6 comentarios:

Susi DelaTorre dijo...

No quisiera repetirme... pero me parece brillante...!

Un abrazo, Daniel!! Ánimo, amigo!!

Daniel Rubio dijo...

Muchas gracias, y no, no te repites. Todos tus comentarios son bienvenidos. Un saludo.

mientrasleo dijo...

Me gusta como va evolucionando. Hoy he probado a leer todo desde el principio.
Un saludo

Bocanegra dijo...

Va bien la novela, Daniel. Cada vez más pulcra y focalizada en los fondos de la insufrible violencia.

Saludos

La atalaya de la bruja dijo...

Siempre me impresiona lo malvados que podemos llegar a ser, estupendo y doloroso relato.

aresbcn dijo...

He leído todo y eres muy talentoso, seguiré expectante, un abrazo..

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