domingo, 31 de julio de 2011

Mensaje en una botella: Estanislao.

Primera parte, La llegada. 
Segunda parte, La cola. 
Tercera, Estanislao.

Por Daniel Rubio
Mensaje en una botella: Estanislao.




Mientras avanzaba al trote, rodeado de mujeres, niños y ancianos, Estanislao lanzaba de vez en cuando una mirada hacia atrás con la esperanza de ver qué sucedía con el joven Christophe; pero la oscuridad y la ventisca, a la que se unían tímidos copos de nieve que caían, se lo impedían.
—¿Alguien sabe adónde vamos? —preguntó.
—Van a desinfectarnos —contestó un anciano.
Estanislao contemplaba nervioso cuanto le rodeaba. Sin embargo, por un instante, pensó que todo era una broma macabra. No veía necesario la forma en que los militares escoltaban al numeroso grupo. ¿Qué iban a hacer un puñado de niños, mujeres y ancianos? Nada. Eso le hizo ponerse en guardia y, sin darse cuenta, aminoró la marcha.
Poco a poco se iba quedando rezagado del grupo, parecía estar flotando en una nube, por todo lo que le pasaba por la cabeza mientras recordaba aquellas historias que se contaban donde él vivía antes de llegar allí. Él sabía que los nazis no eran muy amigos de los polacos; es más: los despreciaban. Y siempre había estado convencido de que si, además de polaco, hubiese sido judío, habría llegado antes a Auschwitz.
Mientras perdía terreno enfrascado en sus cavilaciones, un niño de unos ocho años cayó al suelo debido al cansancio y al frío. Lloraba al tiempo que buscaba a su madre entre la multitud, sin hallar rastro de ella. Todo el mundo parecía avanzar en un estado fantasmal, sin alma; algunos llegaron a esquivar al pequeño sin molestarse siquiera en mirarlo. Estanislao vio cómo uno de los guardias señalaba al niño a la vez que susurraba algo en el oído de un compañero. Entonces, aceleró el paso intentando llegar antes que él. Para ello, fue abriéndose paso a codazos entre la multitud, incluso tiró al suelo a un par de ancianos que trataron de sujetarlo y le hicieron perder un valioso tiempo, pues, a causa de ello, el soldado llegó antes al encuentro del niño. A pesar de que era demasiado tarde, no se rindió y continuó con su perturbado avance bajo la mirada divertida de un par de soldados que se habían percatado de ello.
El soldado atrapó al pequeño por el tobillo y lo arrastró por la nieve hasta que lo separó del grupo. El niño no dejaba de llorar, pero tampoco ofrecía resistencia: no tenía fuerzas para más.
Estanislao se lanzó en un rápido y último esfuerzo encima del soldado cuando apenas le faltaba un metro para llegar. El otro soldado, que estaba a un par de metros de ellos, disparó y alcanzó a Estanislao en un muslo. Pero eso no impidió que este cayera encima del primero y, tras un breve forcejeo, le arrancara el arma, que pendía descuidada de su hombro. Desde el suelo, disparó al soldado que había arrastrado al niño hasta el linde del camino, el cual le cayó encima derramando su sangre sobre él. Tras quitárselo, se puso de pie, gritando como una bestia, y disparó a bocajarro a los soldados. Dos se desplomaron fulminados, otro cayó al suelo con un balazo en un hombro. A los demás les dio tiempo a lanzarse al suelo para protegerse de las ráfagas desordenadas hasta que un francotirador, ubicado en una de las numerosas torretas, acertó de un solo disparo en la frente de Estanislao, destrozándole el cráneo.
Estanislao cayó al suelo de rodillas. En ningún momento soltó el gatillo de la ametralladora. Parecía como si el mismísimo diablo hubiese poseído su cuerpo y quisiera infligir el mayor daño posible… incluso después de muerto.
Continuará…

Mensaje en una botella: Cuarentena

sábado, 16 de julio de 2011

El destello de un recuerdo, 20 años después

Por Daniel Rubio, basado en el original de María Gladis Ossa Velásquez

El destello de un recuerdo, 20 años después.




Un recuerdo es algo ignífugo, algo inmaterial que parece no existir hasta que regresa. Entonces se convierte en algo palpable, que existe, que se vive y que, en muchas ocasiones, te amarga la existencia.
David apoyó la frente en el volante de su coche. Cerró los ojos e intentó recordar cómo era su hermana hace veinte años. Había pensado tanto en sus hermanos que ahora los recuerdos titilaban inocentes por su cabeza como una gota de agua que agita el vaso al caer. No la veía desde el nefasto día en que su madre murió de sobredosis.
El recuerdo permanecía doloroso en su interior. Después de aquello, intentó olvidarlo todo, pero su mano desfigurada lo devolvía a la realidad y lo conducía a aquel día en el que cayó preso del pánico, la ira y la impotencia al ver a su madre terminar con su existencia, dejando tras de sí tres vidas inocentes. Recordó que empezó a golpearla como un loco hasta que su pequeña mano se hinchó por el daño en las articulaciones. Aunque le daba miedo admitirlo, él creía que su mano inútil fue un castigo por haber golpeado con tanta rabia a su difunta madre.
A pesar de que habían pasado muchos años, aún permanecía nítido el recuerdo de todo lo que sobrevino aquella noche. Recordó que dejó a sus hermanos en el piso e intentó pedir ayuda en la calle a todo el que pasaba por allí, encontrando negativas huidizas hasta que se topó con el coche patrulla.
Durante los últimos veinte años había intentado averiguar qué es lo que había sucedido con sus hermanos, pues tan solo sabía que la policía se los llevó del piso aquella misma noche. Él huyó de allí antes de que los sorprendidos policías hicieran el amago de cogerlo para llevarlo junto a sus hermanos.
Aquella noche, David corrió hasta quedar exhausto en un descampado cercano a la Avenida de la Plata, donde hizo noche hasta el día siguiente. Estuvo recorriendo durante varios días las calles de una Valencia gris por aquellos años. Comía cuando robaba alguna cosita por ahí y dormía donde veía conveniente, en lugares poco transitados, evitando ser visto. Hasta que un día, conoció a Isabel.
Recordó cómo la mujer llevaba días observándolo y cómo él, huidizo, intentaba evitar aquella extraña mirada. De todos modos, aquella mujer hacía que la supervivencia en las calles fuera más fácil, pues siempre le dejaba algo de comida cerca.
Una tarde en la que David examinaba los bollos que había podido robar en una panadería, Isabel se acercó sigilosa por su espalda y le puso una mano en el hombro. El calor que sintió David en aquella mano era todo el amor que no había encontrado en su corta existencia.
—¿Qué haces por aquí, muchacho?
—Nada.
—¿Y tus padres?
—No tengo.
Isabel lo miró con el rostro contraído por la tristeza. Sabía que la decisión que estaba a punto de tomar quizá le traía algún que otro inconveniente, pero no soportaba la idea de dejar allí a un muchacho que apenas levantaba medio palmo del suelo. ¡Por Dios, que no podía hacerlo!
Lo llevó a su casa y le preparó una habitación en la que solo había una cama y un escritorio. David, en cuanto vio la cama, después de varios días por ahí, pernoctando donde podía, la cogió con gusto y durmió hasta el día siguiente de un tirón.
Isabel, con el paso del tiempo y por recomendación de sus más inmediatos, realizó los trámites para acoger al niño.
Con el paso de los años, David se mostraba cada vez más inquieto. Su conciencia lo torturaba prácticamente todos los días, hasta el punto de que, como no podía concentrarse en los estudios, acabó dejando el bachiller a medias y pasó a buscar trabajo. A Isabel no le parecía bien, pero poco podía hacer para que cambiase de idea.
Durante la comida, cada vez con más asiduidad, David comentaba cosas acerca de sus hermanos. Nada en específico: lo suficiente como para dejar entrever cuánto los echaba de menos.
El joven sabía que la mujer le había dado todo cuanto podía, pero lo que nunca pudo imaginar es cómo Isabel, con esfuerzo y empeño, trataba de hallar una fórmula para sanar su herida. Jamás creyó que una extraña, que se sentía más que satisfecha con solo tenerlo cerca, pudiese hacer tanto bien.
David se revolvía incómodo en el asiento del coche. Recordó que hoy cumplía veintinueve años y que tal día como hoy, hace seis años, Isabel y su sobrina Alicia, la mujer con la que hoy comparte su vida, emprendieron su negocio de lavandería. Desde ese día, siempre celebran que el destino los haya unido de esa forma y cierran el negocio durante unas horas para salir a comer por ahí. Por eso, no entendía el empeño que tenían las dos en mandarlo a un servicio urgente. Estaba cabreado, pero esa cara que ambas mostraban, como de satisfacción, esa mirada brillante con que le habían pedido que cumpliera el encargo, no le permitía enfadarse con sinceridad, aunque le molestaba.
Sacó el libro de albaranes para comprobar que estaba en la dirección correcta. Seguidamente, salió del coche para dirigirse a la vivienda y tomar nota del trabajo que tenían que hacer. Buscó un timbre al que llamar, pero no había. Miró a los lados y pudo ver que, en un escaso jardín, había juguetes esparcidos. Le pareció bonita la idea de ser padre, pero Alicia no podía quedarse embarazada. Se volvió hacia la puerta y tocó el picaporte que colgaba de ella. Tocó demasiado flojo y ni un sonido en el interior daba señales de vida. Golpeó con más fuerza y, entonces, pasos alegres y juguetones corrieron hacia la puerta.
—¡Ya voy yo! ¡Ya voy yo, mamá!
La puerta se abrió tímidamente y, tras ella, asomaba el rostro angelical de una niña preciosa. Tenía el pelo rubio y liso, los mofletes sonrosados y una sonrisa inocente en la boca que provocó un hormigueo extraño en David.
«Esos ojos…», pensó un instante antes de que una mujer abriera la puerta del todo.
—Hola —dijo la mujer.
David la miró fijamente. El hormigueo fue en aumento a la par que sus ojos se inundaban de lágrimas cristalinas que recorrían su rostro con una lentitud pasmosa. La mujer lo acompañó tapándose el rostro. La niña miraba a ambos sorprendida porque no comprendía qué estaba sucediendo. Después, Gema rompió en un llanto profundo y angustiado. David se colocó frente a ella, agarrándola por los hombros y abrazándola como siempre había deseado.
Tras pedirle perdón entre llantos, preguntó por su hermano, pero la respuesta que recibió empañó la alegría que estaba viviendo. Francisco había muerto, al poco tiempo de haber sido separados, a causa de un fallo cardíaco producido por las drogas que su madre había consumido durante el embarazo. Sin embargo, había recuperado parte de su vida.

Nota: Toda historia merece un final feliz o casi feliz. Quiero darle las gracias a María Gladis por haberme mandado el texto original para que pudiera adaptarlo a la historia que, según ella, la motivó a escribirla. MIL GRACIAS, MARÍA.

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lunes, 11 de julio de 2011

Mensaje en una botella: La cola.


 
Por Daniel Rubio
Mensaje en una botella: La cola.


Poco a poco, a lo largo de las mesas, se iban formando colas que los alemanes habían improvisado. El frío era cada vez más espeso y la falta de abrigo de algunos de los viajeros provocaba desmayos repentinos y constantes temblores. Christophe no podía más que admirar con horror todo lo que se presentaba ante sus ojos y, mientras las colas avanzaban lentamente hacia las mesas, él permanecía quieto en el mismo lugar en el que había tomado tierra. Ya apenas sentía los pies, y tenía las manos y las articulaciones entumecidas por el frío. Su mirada no era limpia; se veía ensuciada por una extraña conciencia que había tomado forma en su ser.
—Spaziergang!*
Christophe se giró sobre sus pies, asustado por la potente voz que había nacido a su espalda. Un fusil de asalto stG 44 le miraba a los ojos y, tras él, un soldado que, con el rostro contraído por el desprecio y el odio, mantenía tenso el dedo índice en el gatillo.
—Spaziergang! —volvió a gritar.
—No entiendo alemán. ¿Habla usted francés? —preguntó Christophe con voz miedosa mientras alzaba las manos en un intento desesperado por evitar la violencia.
—Jewish Art von Scheiße! **
De repente, sin tiempo para una nueva súplica, recibió en las costillas un fuerte golpe que le propinó alguien a quien no pudo ver. Cayó al suelo casi sin respiración y fue entonces cuando el soldado que tenía al frente aprovechó para darle una patada en la boca y lanzarlo sobre la nieve. Christophe intentó levantarse mientras saboreaba su propia sangre, pero un nuevo golpe, esta vez en la boca del estómago, lo dejó encogido en el suelo. Después, notó cómo alguien, tras agarrarlo por las axilas, lo arrastraba por la nieve y lo devolvía a la cola. El muchacho miró a quien lo conducía: llevaba uno de esos uniformes de rayas y tenía una porra en la mano. Algo le dijo que los golpes que ese extraño le había propinado le habían librado de una muerte segura. Cuando por fin lo soltó, le dijo:
—Deberías haberte puesto en la cola sin más —dijo y se alejó dejándolo solo.
Christophe se levantó con la ayuda de otro hombre que estaba en la cola.
—Hola. Me llamo Estanislao, soy polaco, ¿y tú?
—Me llamo Christophe, soy francés.
—¿Eres judío?
—Sí y seguramente por eso estoy aquí; pero ¿por qué estás tú?
—Desde luego, no por ser judío.
Christophe no comprendía lo que le acababa de responder su nuevo amigo. Sin embargo, siguieron charlando hasta que llegaron a la mesa, donde un hombre que vestía un uniforme algo más elegante les preguntó sin mirarles.
—¿Oficio?
Christophe iba a contestar, pero recibió un golpecito en el tobillo y Estanislao se le anticipó.
—Albañiles, señor.
Entonces, el hombre de la mesa levantó la mirada.
—¿Acaso te he preguntado a ti, basura? —dijo violento y se dirigió a Christophe—: ¿Oficio?
—Albañil —su timbre de voz denotaba nerviosismo, pero, por suerte, el alemán no se había percatado de ello.
—Muy bien, judío; dame tus papeles.
Tras escribirle a boli un número en el antebrazo, le indicó el nuevo camino a seguir, y allí perdió de vista a Estanislao, al cual vio caminar en dirección contraria tras la orden del militar.

* Camina.
** Camina, judío de mierda.

Continuará…

Mensaje en una botella: Estanislao

domingo, 3 de julio de 2011

Mensaje en una botella: La llegada.

Por Daniel Rubio
Mensaje en una botella : La llegada.

 
Por las rendijas que dejaban las maderas mal encajadas del vagón, penetraba un silbido invernal del que solo podían disfrutar los que estaban comprimidos contra ellas. El resto, alrededor de cien personas, se tenían que conformar con que el de enfrente les echase el aliento. Por el vagón viajaban distraídos los llantos de algún niño, y el consuelo que le ofrecía la madre en forma de susurro servía de bálsamo para el resto de viajeros, a los que, hacinados como si fuesen ganado, les vencía la incertidumbre al no saber qué es lo que ocurría exactamente. Lo demás era silencio, a excepción del traqueteo del tren.
Tras largas horas de viaje, aglomerados en los vagones, el hedor a sudor rancio se extendía como un virus por el vagón. El calor era insoportable, a pesar de que en el exterior hacía casi veinticinco grados bajo cero. El llanto de los niños era tenue y fúnebre. Las madres ya no consolaban a nadie, estaban derrumbadas, como si el diablo les hubiese robado el alma. Y los hombres, con la mirada perdida en la oscuridad, se preguntaban para sí mismos: “¿Por qué nos abandonas, Yahveh?”
Un hombre anciano sacó de un bolsillo una cajita y desenrolló el pergamino que albergaba en su interior. De su boca nació un rezo celestial en hebreo que pronto llegó a todos los rincones del vagón. Todo el mundo prestaba atención a ese rezo; lo demás estaba hueco, como estar entre el infierno y el cielo.
La gente que viajaba en el interior de los vagones soltó gritos de pánico al notar cómo el tren, quejumbroso entre chirridos, pedía frenar. Era de noche y la temperatura rondaba los veinticinco grados bajo cero. Una hilera de soldados vigilaba cada salida en todos los vagones mientras otros, una veintena de militares uniformados, hacían salir a la gente intentando calmarlos con falsas esperanzas.
—Tranquilos, tranquilos, no os pongáis nerviosos. Ahora os vais a dirigir a aquellas mesas, en calma y con los documentos en la mano, para que estéis identificados. Luego se os dará ropa nueva y os dirigiréis a las duchas para después reuniros con vuestra familia.
Christophe lo contemplaba todo a su alrededor, iluminado por los potentes focos que dirigían su cálida mirada hacia los trenes. Mientras los vagones eran desalojados, llegaban trabajadores con un uniforme distinto: vestían un traje de rayas azules desgastadas y sobre la cabeza portaban la versión ridícula de un sombrero de marinero que protegía ineficazmente del frío sus rapadas cabezas. Casi un centenar caminaban al trote, en dirección al tren, empujando carretillas. Unos soldados equipados con linternas subían a los vagones para revisarlos a fondo. De vez en cuando, una voz brotaba del interior:
—Fünf Erwachsene und zwei Kinder tot!
Christophe no hablaba alemán, pero pudo oír cómo una mujer que había a su lado traducía en voz baja.
—Cinco adultos y dos niños… —la mujer miró a los ojos de Christophe y este, a su vez, la miró con esperanza— han muerto.
Los hombres que vestían de rayas se agolpaban a las puertas del vagón con las carretillas y cargaban los cadáveres que los soldados lanzaban a la nieve, con un reflejo en el rostro endurecido y, en cierto modo, alegre.
Los gritos en alemán se mezclaban con los llantos de las madres y familiares de los que habían dejado su espíritu en el viaje. Un hombre de unos cuarenta años intentó huir y fue abatido con dos ráfagas provenientes de una MG-15, tiñendo el blanco níveo y virgen de la nieve en un tono purpúreo. El pánico se extendió entre los que acababan de llegar, pero mantuvieron la calma que les habían impuesto.
Aquel 17 de enero de 1943 perduraría en su memoria para siempre. Christophe tenía dieciocho años.
Continuará…



Mensaje en una botella: La cola

El destello de un recuerdo, parte IV

Por Daniel Rubio
El destello de un recuerdo, parte IV

Cierras los ojos. Quieres recordar. Quieres que salgan sin prisa y que revoloteen felizmente por tu cabeza. Quieres volver al día más feliz de tu vida… pero no lo consigues. Una vez más, te ha cogido desprevenido e inunda tu alma con el peor de los recuerdos. Entonces, lloras.
Natalia había fundido y consumido varias micras de heroína y su conciencia se veía alterada por la droga. David se mantuvo firme en su constante vigilancia. Miraba a su madre con asco y miedo. Natalia le devolvió la mirada brevemente y cayó fulminada en el sillón. Al principio, David no supo cómo reaccionar. Miró hacia un lado y hacia otro en un intento absurdo de que alguien le ayudara, pero estaba solo. Comenzó a respirar de un modo salvaje, a sacudidas, como si el corazón no le cupiese en el pecho y quisiera salir de su reducido hueco. La rabia que le producía saber que él no podía hacer nada le hizo correr hacia el cuerpo inerte de su madre, arrancarle la plata de las manos, hacerla una bola y lanzarla de allí con un puntapié. Después, montado en cólera irracional, la agarró por los pelos y comenzó a darle golpes continuos mientras berreaba como si el diablo le hubiese arrancado el alma.
Gema salió de la habitación con el pantalón manchado por el orín que aún goteaba. Se quedó mirando cómo su hermano golpeaba salvajemente a su madre. Y, al ver aquello, rompió a llorar angustiosamente, dejándose caer al suelo. Francisco también comenzó a llorar, provocando que la mezcla de sonidos tan dispares taladrara como un cóctel de sonidos fabricados por algún demente.
Tras una hora golpeando a su madre, David se detuvo extenuado por el tremendo esfuerzo y la consecuente falta de oxígeno. Miró a su hermana, que todavía permanecía en el suelo, y miró sus manos. En una había un mechón de pelo negro como el tizón, grasiento y estropajoso; en la otra, un hilillo rojo que goteaba silenciosamente por entre sus dedos. Le dolía la mano, la tenía hinchada. A pesar del cansancio, se dirigió tranquilamente hacia el lavabo y se quitó la sangre. Después, con la mano hinchada y amoratada, fue adonde estaba su hermana, se arrodilló ante ella y le susurró que se fuera a dormir. Gema obedeció al instante, pero desconfiaba de su hermano.
David, tras permanecer unos minutos, en el lugar que antes ocupaba su hermana, mirando el desfigurado rostro de su madre punteado en sangre, fue a por Francisco, que todavía lloraba en la cuna. El llanto del pequeño cesó en cuanto notó los brazos de su hermano, que se quejó brevemente del dolor que tenía en la mano cuando quiso abrazarlo con fuerza. Lo llevó a su habitación y lo acostó junto a su hermana, la cual lo abrazó con ternura. A continuación, salió al patio de la finca e intentó en vano que algún vecino le ayudara. Cuando se dio por vencido, se echó a la calle. Eran las tres y media de la mañana y las calles se presentaban infaustas y solitarias. Caminó hacia el Mercat Central y por el trayecto fue derramando dulces lágrimas de cristal.
Cuando se encontraba con alguien, solicitaba ayuda, pero todo el mundo huía de él como si portase algún tipo de enfermedad contagiosa. Siguió caminando hasta que, cerca del ayuntamiento, lo paró un coche de la policía nacional. Sin darle tiempo al policía a que preguntase nada, David dijo:
—Mi mamá no está. ¿Me pueden ayudar?
FIN El destello de un recuerdo, 20 años después