lunes, 28 de mayo de 2012

EL SOMBRERERO










 

Hijo, si una cosa me han grabado a fuego en mi mente de acero, es que siempre hay que predicar con ejemplo, y en tu cabeza llevar siempre un sombrero. 











EL SOMBRERERO


Por Daniel Rubio
 
          En el año 1850, Juan Valdemoro tomó la decisión de pasar el negocio a manos de su hijo. La edad ya no le permitía desarrollar el oficio con la misma habilidad de años atrás y él bien sabía que este día iba a llegar, al igual que le llegó a su padre cuando tomó él mismo los mandos de la tienda en la calle San Vicente Mártir, o como le ocurrió a su abuelo cuando le cedió el mando a su padre. Y así, hasta retroceder cuatro generaciones. Solo había una diferencia entre él y Juanito Valdemoro, su hijo: Que el chico que iba a tomar el mando era tan corto de entendederas que en la mayoría de las ocasiones se parecía más a un defectuoso bufón de feria, que a un hábil comerciante y buen hacedor de sombreros. Por eso, Juan Valdemoro, decidió ir preparándolo con cuatro años de antelación para poder llegar despejado a su más que merecida jubilación tras cincuenta años en el oficio.
          — Hijo, una de las cosas que más claras debes tener, es que no hay nada en la vida que duren menos tiempo juntos que un tonto y su dinero —le decía el padre de vez en cuando.
         — Lo sé padre, mas tenga en cuenta que yo no soy tan manejo en los números como usted —solía despotricarle Juanito—. Pero dé por seguro que antes de tomar cualquier decisión que implique la inversión de buen capital, la meditaré antes un mínimo de dos días.
          — Eso está bien hijo, muy bien… —decía Juan Valdemoro cuando se quedaba convencido a medias.
          El tiempo transcurría demasiado lento para Juan Valdemoro, que veía como su hijo aprendía a llevar el negocio con la misma habilidad de un niño de siete años. Pero este hombre estaba hecho de una pasta especial y no iba a permitir que su hijo fuese un inútil de por vida, así que, viendo la ineptitud del pródigo, pasó a la acción con simples lecciones comerciales y de marketing… ¿Cómo llamarlas? ¿Subliminales, quizá? Hmm, sí, esa definición podría servir para el caso.
           — Hijo, si una cosa me han grabado a fuego en mi mente de acero, es que siempre hay que predicar con ejemplo, y en tu cabeza llevar siempre un sombrero.
           — ¿Y eso por qué, padre?
          — Porque nunca hay que presumir de lo bueno que es uno en su oficio, pero sí que puedes enseñar a toda Valencia lo bien que hacemos nuestros sombreros.
          — Pero si la gente ya sabe que somos los mejores en lo nuestro.
           — Lo saben, sí, pero siempre hay que dejar constancia de ello. Y ser perseverante en lo emprendido, pero sobre todo, no hay que desviarse de las directrices de esta casa tras soportar cuatro generaciones.
          — ¿Y cree usted, padre, que puedo entonces fabricar algún que otro modelo? En la calle Serrería ha abierto un buen señor de dinero una tienda con los más variopintos sombreros. Fíjese, padre, que hasta para señora y señorita tiene el Don Carmelo.
           — Otra cosa te digo, hijo, el progreso es para los progresistas de buena cartera y con poco temor a perder el dinero, pues eso son inversiones de mayor riesgo.
          — ¿Riesgo, padre?
          — Sí hijo, eso no son más que modas pasajeras que vienen del extranjero. Y no he callado que el buen hacer de esta casa durante cuatro generaciones, cinco, contándote por adelantado, nos han mantenido a buen recaudo de los altos y bajos que otros comerciantes sí que han soportado. Buen hacer, seriedad y puntualidad con tu trabajo te permitirán poner un plato de lentejas en la mesa y, de vez en cuando, visitar la taberna del Honorio o ir al teatro.
          — Fíjese padre, que yo he pensado… —pero Juanitó calló al ver el rostro de su padre, contrariado.
          — ¿Pensado?
          — No, nada padre.
          El padre colocó en la cabeza de madera el sombrero que recientemente había terminado y se acercó a su hijo marcando el paso sobre el suelo embaldosado.
          — Dime eso que dices haber pensando, no temas expresarte si crees no estar equivocado.
          — No es nada padre, solo que había pensado, que con la llegada del tan ansiado tren a Valencia también lo harán mozas de buen tacto que sepan apreciar lo que hemos trabajado.
          — No entiendo adónde quieres llegar…
         — Espere, padre. Quiero decir, que bien podríamos empezar a contemplar la posibilidad para, a largo plazo, atender a todas esas mozas que de buen seguro querrán uno de nuestros sombreros.
          — Las mujeres no usan sombrero de caballero, no digas más tonterías —quiso callar el padre, pero el hijo ya estaba lanzado.
           — Lo sé padre, por eso mismo he estudiado cómo hacer unos buenos sombreros que en París están causando un furor descontrolado entre las damas más elitistas del continente. Tengo controlado que el precio de coste es muy inferior a lo que ahora estamos trabajando y, además, lo podemos vender a casi el doble de los que ahora tenemos.
          — Hijo, no sé cuántas veces te tengo que decir que esta tienda, y estas manos, tan solo han fabricado sombreros para hombre, y ya te he dicho yo antes, que te vayas olvidando de esas modas pasajeras, que ya verás tú como el Don Carmelo ese que mencionas verá el cese de su negocio en cuanto haya pasado. Ahora cierra ya la tienda, ponte tu sombrero y vamos donde el Honorio a por un buen tintorro y vacía tu cabeza de ideas surrealistas. El tren a Valencia, dice…
          Y así quedó convencido Juanito Valdemoro, que tras llegar de donde el Honorio, rompió los dibujos de los bonitos sombreros de señora que el mismo había diseñado. A partir de entonces no se limitó más que a aprender el oficio que su padre, con tanto arte y ahínco, le iba mostrando y se olvidó por completo del tren, los sombreros de señora, e incluso, de que eso es lo que más le habría gustado.
          En el año 1852 los rumores de la llegada del tren a Valencia dejaron de serlo, pues en la calle Sagrario de San Francisco habían comenzado las obras para la nueva estación en unos terrenos que antaño pertenecían al clérigo. Incluso muchos ciudadanos de la ilustre Capital del Turia ya especulaban con los beneficios que obtendría la ciudad a su llegada.
          Y por fin, en el año 1854, el mismo en que su padre tenía pensado cederle el mando, se finalizó la construcción de la línea de ferrocarril que iba desde Valencia a Játiva, con una distancia total de 56 kilómetros. Juanito ardía en deseo de ir a verlo cuando llegara el día de la gran inauguración, pero como su padre le había enseñado, el progreso no era empresa para un Valdemoro, menos todavía, para un buen sombrerero. Y por eso mismo, todos los días hacía un esfuerzo magnánimo por ensordecer esa petición de su mala voluntad.
          Su padre le cedió el mando el mismo día de su cumpleaños, el 17 de septiembre de aquél año, justo dos meses antes de la gran inauguración. A Juanito le costaba mantener la concentración y de vez en cuando, en un fugaz pestañeo de mala conciencia para sí mismo, recordaba aquéllos modelos de sombrero que pretendía vender a señoras y señoritas de corte y estatus de lo más variado.
          Y llegó el día…
          Había revuelo en Valencia y Juanito lo contemplaba a través del estrecho escaparate de la calle San Vicente Mártir. A cada oleada de gente dirigida hacia la calle Sagrario de San Francisco sentía la necesidad de cerrar la tienda e ir a admirar junto a sus conciudadanos la tan deseada llegada del tren a Valencia, aunque pronto volvía a reprimir el deseo por hacerlo. Hasta que entró en la tienda el bueno de Honorio, el tabernero.
          — ¿No vienes a ver la llegada de nuestro primer tren, Juanito?
          — Me pillas ocupado, Honorio.
          — ¡Qué va! Si no será más que un momento, pues cuando estaba en la taberna he oído silbar a esa máquina del demonio y el local se me ha quedado medio lleno. Todos a la calle y punto resuelto, y no creo que tarde en llegar.
          Juanito se quedó meditabundo un instante, que no fue más que el tiempo justo que necesitaba para llegar a la conclusión de que esto solo va a pasar una vez en la vida, que por cerrar la tienda una hora no iba a buscarse la ruina, y que no iba a saltarse ninguna de las normas que su padre le había enseñado con tanto ahínco.
          — No creo que venga ni un cliente en estos momentos, pues toda la ciudad está para recibir esa máquina del demonio que mencionas, así que… —buscó algún inconveniente que se lo impidiera, pero como no encontró nada, añadió—: ¿nos vamos?
          — Venga, vamos a coger sitio antes de que los holgazanes se hagan con las mejores plazas.
          Juanito se puso su elegante chaqueta de color gris y cogió las llaves de la tienda del clavo que su padre había colocado para que no se le perdieran y salió de la tienda para cerrarla a cal y canto y comprobar con tres empujones que había cerrado correctamente, tal y como su padre le había enseñado, y partió para la calle Sagrario de San Francisco junto con el tabernero.
          Juanito quedó estupefacto por el cambio que había dado el centro de la ciudad, aunque eso no era de extrañar, ya que los últimos cuatro años de su vida se los había pasado en la tienda vendiendo y haciendo sombreros y apenas sí había dado una vuelta por el local que regentaba Honorio. Pero lo que en realidad había llamado su atención, fue como centenares de tiendas de moda se habían aglutinado alrededor de la nueva estación. Tiendas de alta costura o de telas de mil tipos diferentes. Zapaterías de alta gama y vendedores de esparteñas, y lo que le hizo estirarse de los pelos: ¡CINCO TIENDAS DE SOMBREROS PARA SEÑORA Y SEÑORITA DEL ACAUDALADO DON CARMELO! Había oferta de cualquier tipo para vestir las cabezas de la gran variedad de mujeres que llegarían a la capital, modelos que él, un día, llegó a imaginar e incluso dibujar con intención de ponerlos en el escaparate de la tienda cuando tomara el mando, pero eso infringía las enseñanzas de su tan sabio padre, con que se consoló con que pronto cerrarían y esa moda pasajera desaparecería. A la sazón oyó algo a sus espaldas:
          — Eh, mira, ¿ese no es Juanito, el hijo de Juan Valdemoro el sombrerero?
          — Sí, el mismo —dijo la otra voz.
          — Pues no lleva sombrero —al escucharlo, Juanito se echó la mano a la cabeza en busca del sombrero que la debía cubrir— y un amigo me ha dicho que tiene la tienda cerrada, que ha ido para que le arreglara uno para la boda de su hermana.
          — Buah, habrán pasado ya de moda, ¿no ves la oferta que hay por aquí para señora?
          — Cierto, ni una sola que haga para caballero.
          Juanito tenía el alma en vilo por la tan cruel afirmación de esos a los que él no podía ver al tenerlos a las espaldas. Se giró para explicarles que tan solo había cerrado un momento para ver la llegada del tren, pero cuando vio a los charlatanes deshacerse de sus elegantes sombreros tirándolos al suelo, recordó: “Hijo, si una cosa me han grabado a fuego en mi mente de acero, es que hay que predicar con ejemplo, y en tu cabeza llevar siempre un sombrero.”
          Por una simple ilusión había descuidado una de las enseñanzas de su padre. Y para ahogar las penas, se castigó para ir de nuevo a la tienda sin ver llegar el tan ansiado tren a Valencia, que ya silbaba divulgando su llegada. Solo se detuvo una vez para mirar a su alrededor y comprobar una vez más cuánto había cambiado el centro de Valencia, y también recordó lo que le dijo a su padre: “…he estudiado cómo hacer unos buenos sombreros que en París están causando un furor descontrolado entre las damas más elitistas del continente…”
          Lo cierto es que Juanito se ciñó de un modo muy estricto a cuanto le había enseñado su padre y dejó de lado sus ideas e ilusiones porque una vez, un hombre, le había dicho que con eso no llegaría a ninguna parte. Aunque también es cierto, que se saltó uno de los puntos clave que su padre se había obstinado en que le quedase claro: Siempre con sombrero.
          Ahora que cada cual saque su conclusión, porque colorín colorado, este cuento… ¿ha terminado?