miércoles, 7 de marzo de 2012

El ladrón de almas

Por Daniel Rubio

 

El ladrón de almas

          Román entró en la habitación dispuesto a terminar con el sufrimiento que había comenzado hace un año con la pérdida de su esposa. La oscuridad del cuarto parecía querer arrancarle el alma de cuajo, pues tras esa oscuridad todavía podía oler su perfume. E incluso si cerraba los ojos, era capaz de escuchar cómo lo llamaba. Si acariciaba el aire polvoriento, notaba su piel en un breve arrebato de magia conocedora de lo imposible. Román ocultó su dolor y agonía en noches tórridas con sabor a whisky y mujeres de amor fácil.
           No hizo amago por encender la luz, conocía demasiado bien esa habitación y con la escasa luz que se colaba por el umbral era suficiente. Abrió el armario tanteando entre las perchas hasta que un sonido plastificado delató que había encontrado lo que buscaba. Con sumo cuidado, extendió una por una las prendas sobre la cama. La pesadez que sintió mientras se desvestía se le antojaba extraña, viendo el ambiente enrarecido o sin gravedad alguna. Sus movimientos eran, como poco, solemnes.
          Lanzó una mirada rápida a una de las vigas del techo que su mujer se empeñó en barnizar y dejar al descubierto para darle calidez al cuarto. Román pesaba cerca de cien kilogramos y se preguntó si sería capaz de aguantar su peso. De debajo de la cama sacó la soga con la que perpetraría su propio asesinato y la lanzó al aire para cruzarla sobre la viga de mobila. Logrando encaramarla en el primer intento. Se dijo para sí mismo que eso era una señal. Acercó una de las butacas que había junto a la cómoda y se subió encima con la única intención de hacer un buen nudo a la cuerda, no quería que este se deshiciese con su peso. Comprobó que todo estaba en orden y comenzó a enfundarse las prendas que había colocado en la cama.
          Al tiempo que Román se inclinó hacia delante para atarse los cordones de los zapatos, llamó su atención una tenue luz blanca con cierto tono purpúreo que nació de la nada. Alzó la mirada, pero tuvo que mirar hacia atrás para averiguar de dónde procedía esa emisión. No podía creer lo que estaban viendo sus ojos, aún así, se echó hacia atrás quedando prisionero entre el ánima y el armario.
          —¿Clara? —Llamó Román.
          Pero el ente, en vez de responder a su llamada, se lanzó contra él y le introdujo la mano en el pecho atrapando el desenfrenado corazón de Román, que de no ser por la fuerza que ejercía la luminiscencia, habría caído al suelo.
          —Hay quién te espera al otro lado a causa de la vida que has llevado en el último año y que pretendías encumbrar con lo que ibas a hacer ahora. Y no me gustaría que tu agonía perpetuase eternamente junto al ladrón de almas —Román no podía más que mirar al ente sin terminar de comprender lo que le estaba diciendo—. Pero tranquilo, yo estoy aquí.
          Román amaneció vigilado por uno de los médicos que se habían encargado de él durante toda la noche. Miraba todo cuanto había a su alrededor sin comprender qué es lo que había ocurrido. Todavía palpitaba en su cabeza lo que había acaecido en su cuarto, solo que era como si hubiese sido un sueño.
           —¿Qué ha pasado? —Se decidió a preguntar.
          —Le ha dado un infarto, Román —contestó el médico mientras lo auscultaba—. Y debería darle las gracias a su asistenta, que fue quién llamó y lo pudimos coger a tiempo.
          Pasó una semana confinado en aquella habitación de hospital sin molestarse en saber cuál era. Ni siquiera quiso saber más de la llamada que lo había llevado allí con vida, pero él no tenía asistenta y eso sí que lo tenía claro.
          Cuando llegó a su casa lo primero que hizo fue subir a la habitación. No quedaba ni rastro de la soga que anudó en la viga. Abrió el armario y comprobó que el traje de su boda todavía permanecía en su funda de plástico. Pensó que todo era muy extraño y comenzó a sentirse aturdido, decidió ir hacia la cocina para prepararse una copa de whisky y se fijó en el teléfono que había junto a la entrada de la vivienda, que pendía del cable rizado casi rozando el suelo. Lo recogió y se lo colocó en la oreja, pero tan solo un zumbido intermitente se apreciaba al otro lado. Lo colgó y se encaminó a la cocina, pero justo en ese momento sonó el teléfono. Retrocedió los dos pasos que había avanzado y se colocó el auricular, dejando entre este y su oído una distancia prudencial.
          —¿Diga? —Contestó.
          —Vive.