martes, 28 de junio de 2011

El destello de un recuerdo, parte III

Por Daniel Rubio
El destello de un recuerdo, parte III

 
El recuerdo que te embiste en la noche es el más peligroso. En ese momento eres vulnerable y tu subconsciente se deja llevar deliberadamente. Tú lo sabes, pero no puedes hacer nada por salir de ese bucle.
A la mañana siguiente, la vivienda despertó en silencio y entre escasa luz polvorienta. Además, olía a alcohol y prácticamente todo el suelo estaba pegajoso.
David y Gema apostaban sus cromos sentados en el suelo de la entrada mientras Francisco gimoteaba en la cuna, abandonada en mitad del comedor porque, seguramente, aquella noche no les dejó dormir bien.
Jorge, quien el día anterior miraba el montón de billetes inflamado por la mezquindad, despertó en el sillón del comedor y, con pasos torpes y los ojos extenuados por la resaca, se dirigió hacia la habitación donde debía de estar durmiendo el Tomate.
—¡Me cago en tos sus muertos!
Salió a toda prisa y repentinamente despejado. Cuando volvió a pasar por donde jugaban los dos hermanos, tropezó con uno de ellos y cayó al suelo. Desde allí, le dirigió una mirada letal a David, que reía tímidamente, y le encajó una patada en la mandíbula que le hizo rodar hacia atrás. Un instante después, Juan abrió impetuosamente la puerta corredera de su habitación y preguntó qué pasaba. Después, miró a David, el cual se incorporaba gimoteando y dolorido mientras se sujetaba la boca. No dijo nada, aunque intuyó lo que había ocurrido.
—El Tomate se ha pirao.
Juan no añadió nada. Rápidamente, se dirigió hacia el comedor y levantó los cojines y las fundas de los sillones donde escondieron el dinero. No había nada.
—Me cago en mi puta madre. ¡Qué hijo de…!
No pudo terminar la frase porque la puerta de la calle se abrió de un portazo, rozando en un suspiro a los dos hermanos, que permanecieron inmóviles en el suelo. Un grupo de policías armados entraron anegando el piso al grito de «¡Todo el mundo al suelo! ¡Policía!»
Jorge se quedó petrificado en el suelo; pero a Juan lo tuvieron que placar cuando intentó saltar por el balcón, aunque de poco le hubiese servido, pues había más policías. A los dos hermanos y a Francisco los llevaron a la cocina y los dejaron bajo la vigilancia de una agente. Mientras los dos hombres permanecían esposados y la policía registraba el piso, un hombre de traje gris y corbata se dirigió a los reos. El hombre en sí no imponía nada, pues era bajito y gordo, pero de su garganta nacía un torrente de voz grave que hacía el trabajo sucio.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó.
—No sé de qué me hablas —contestó Juan.
El hombre del traje quiso añadir algo más, pero se vio interrumpido por una mujer que gritaba mientras un policía la sacaba de la habitación a la fuerza, sin importarle darle algún golpe de vez en cuando.
—Estaba debajo de la cama, escondida.
—Déjala ahí, ella no tiene nada que ver, y llevaos a estos dos al furgón. Hay que registrar todo una vez más. Me parece que el tal Tomate nos la ha jugado a nosotros también.
Natalia berreaba al ver cómo se llevaban a Juan; pero aquella noche, en vez de pasarla felizmente con sus hijos, intentando sobrellevar la mala fortuna, decidió desenvolver un trozo de plata y aspirar el humo de la escurridiza gota que traqueteaba persiguiendo la llama del mechero que la incentivaba por debajo.
Continuará…

El destello de un recuerdo, parte IV

domingo, 19 de junio de 2011

El destello de un recuerdo, parte II

 

Por Daniel Rubio

El destello de un recuerdo, parte II

Cuando un recuerdo te asalta, es imposible zafarse de él. Es como si una fuerza invisible te atase de pies y manos y te obligase a vivirlo una vez más…

Habían pasado varias semanas desde el anterior incidente. Juan ya no salía a su trabajo fingido, es más, lo desarrollaba en casa. David se quedaba embobado, viendo cómo trazaban líneas en un callejero de Valencia y escuchando las teorías que exponía Juan.

- Esta calle es dirección prohibida, por lo tanto, es por ahí por donde iremos en cuanto salgamos del banco. Así tendrán más complicaciones si pretenden seguirnos.

Los dos hombres que lo acompañaban atendían sus palabras y asentían dándole la razón. Sobre todo uno. Éste tenía el pelo largo y la cara inflamada en un fuerte tono rojo que le daba un aspecto juvenil y era el causante de que le llamaran, Tomate. Y cuando hablaba, lo hacía con calma y sus gestos, fuera de contraste, eran afeminados.

En cuanto terminaron, Juan ofreció un juego a David. El cuál consistía en pintar de negro tres pistolas de agua. David, emocionado por el compromiso, aceptó encantado.

Dos días después, el ajetreo en el piso era excesivo en un ir y venir constante por parte de los tres hombres. David y su hermana lo observaban todo desde el suelo, justo en la entrada de la vivienda dónde tenían costumbre de jugar a los cromos. Natalia, ya no era la misma que días atrás fuera a recogerlos a casa de su abuela. La dejadez comenzaba de nuevo a invadirla cual parásito se aferra a la piel del perro que lo alimenta. En el ambiente flotaba una tensión infausta que, a medida en que cesaba la actividad, se extendía en el aire como un olor fétido.

- Bien, 8 en punto, vámonos.- Ordenó Juan.

Los dos hombres que lo habían acompañado en la casa desde hace un par de días, salieron cargados con bolsas de deporte y con el aspecto ligeramente cambiado.

Regresaron ya entrada la noche, David y su hermana dormían en una de las habitaciones mientras que Francisco, como siempre, lo hacía en la habitación de la madre, aquella noche, Natalia, les sugirió que durmieran juntos en la parte baja de la litera. A David no le gustó aquello, siempre dormía arriba. Los tres hombres entraron en la vivienda en una huella de risas y voces.

David y Gema salieron de la habitación para contemplar el espectáculo. Sobre la mesa, donde se solían sentar a comer, se levantaba una montaña de billetes de todos los colores. Juan los lanzaba al aire y caían en un lento vuelo igual que si fueran confetis. Tomate, se reía escandalosamente y pataleaba en el suelo como si fuese un chiquillo de dos años al que le hacen cosquillas. El otro, de semblante más serio, lo único que hacía era mirar el montón de billetes con los ojos prendidos en avaricia. Natalia, acariciaba la espalda de Juan, desatendiendo el llanto del pequeño Francisco, que se agitaba en la cuna desconsoladamente.

Continuará…



El destello de un recuerdo, parte III

lunes, 13 de junio de 2011

El destello de un recuerdo, parte I

Por Daniel Rubio
El destello de un recuerdo, parte I
Es extraña la sensación que produce un recuerdo. Esa que te embarga y te traslada a un estado de ausencia cuando llega. Esa que hace que en esos momentos estés en cuerpo y alma sumido en el recuerdo y que, de algún modo, una vez más, parece ser real.
Sobre las siete de la tarde, sonó el timbre del piso donde vivían David, Francisco y Gema con su abuela, en la Avenida de la Malvarrosa. Fue esta quién abrió. No se lo esperaba, pero aún así, la dejó entrar en el piso. Era Natalia, la madre de los tres niños. La abuela la miró de arriba abajo. Parecía haber engordado y su pelo, que en otras ocasiones se asemejaba a una manta grasienta, estaba impoluto, perfectamente peinado y recogido con una diadema que le confería un aire de inocencia y dulzura.
La abuela y Natalia se encerraron en una de las habitaciones que había en el largo pasillo y discutieron durante un largo rato. Mientras, David y Gema pegaban sus orejas contra la pared para escuchar lo que estaban discutiendo. Era lo de siempre: «Te los llevas de aquí, que yo no puedo mantenerlos». Bla, bla, bla. Estaban tan acostumbrados a que no los quisieran en ningún sitio, que no les pareció extraña aquella discusión; pero… ¿había dicho Natalia que se los quería llevar?
Los dos niños se miraron con el rostro encendido en esperanza. Pegaron con más fuerza sus orejas a la pared gotelada, a pesar de que les dolía al hacerlo, pues querían estar seguros antes de hacerse ilusiones. Francisco se entretenía en su cuna con el único juguete que tenía, un peluche teñido en inmundicia y con un fuerte olor a vertedero que no dejaba de chupar. David, el mayor de los tres, lo miraba por el rabillo del ojo con pasión mientras se percataba de lo afortunado que era: no iba a recordar nada de todo esto, tan solo tenía nueve meses.
A las ocho de la tarde, los tres niños y su madre, montaron en un taxi que esperaba desde que esta acudió a por ellos, se dirigieron hacia su nuevo hogar, un desvencijado piso en el Barrio del Carmen, cerca del Mercat Central. Allí los esperaba Juan, la actual pareja de Natalia y padre de Gema, al que David también llamaba “papá”.
¡Qué bonito era al principio, cuando su madre hacía de ama de casa y Juan fingía salir a trabajar! Era cierto que el dinero no faltaba. La comida, tampoco. Incluso habían encontrado el cariño de una madre desconocida.
El tiempo transcurría en un lento tictac… hasta que comenzaron los problemas. No llevaban allí viviendo ni tres semanas. Los vecinos de abajo, un hombre calvo y fuerte, con rasgos muy marcados, de unos cuarenta años, frecuentaba la vivienda de la artificial familia. A David no le gustaba esa persona. Más de una vez había escuchado a través del suelo cómo maltrataba a su mujer y a su hijo, un chico paliducho y demasiado enclenque. En una ocasión, sacó a su mujer al balcón y la amenazó: «¡Te voy a matar, puta!» Le propinaba cabezazos y, cuando por fin la gente que transitaba por la calle se animó a increparle, amenazó con tirarla por el balcón. Más tarde llegó la policía, y el muy cabrón se puso a llorar y a rezar de rodillas a no sé qué Dios. La vecina de abajo y el chiquillo se fueron de allí casi al tiempo en que se llevaban detenido al calvo.
Aquel incidente fue el tema de conversación en la finca; pero David, a pesar de su corta edad, no entendía por qué realmente nadie había hecho nada por evitarlo, igual que, tiempo después, no hicieron nada con él y sus hermanos cuando llegó el momento.
Continuará…

El destello de un recuerdo, parte II