martes, 16 de abril de 2013

Selección natural




       



 "...yo tengo algo más con lo que ese inútil no sería capaz ni de soñar: Inteligencia."















 Selección natural

Por Daniel Rubio



            La miro y me dan nauseas. Es la mujer más bella que he visto en semanas; rebosa vida por cada poro de su piel, pero cuando habla y se muestra al mundo deja en evidencia los miles de años de evolución en el ser humano. Lo mismo me ocurre con él, un hombre alegre y musculado. Del tipo con el que cualquier mujer se acostaría para disfrutar de una larga noche donde no hace falta la conversación. Me dan asco. 

         Cuando salen del local me dispongo a seguirlos, pero sin ocultarme. El hombre se da cuenta y le murmura algo al oído a esa estúpida. Cuando se gira le sonrío, yo también sé seducir. Puedo decir que mi figura no es demasiado distinta a la de ese hombre, sólo que yo tengo algo más con lo que ese inútil no sería capaz ni de soñar: Inteligencia. La mujer enseguida queda hechizada en mi sonrisa, e incluso le cuesta volver la mirada. Lo que provoca que él también se gire hacia mí, serio, apretando las mandíbulas y expresándome con la mirada que no continúe por ese camino. A él también le sonrío, pero con cinismo. Y le contesto del mismo modo, en silencio. Parece que no acepta el reto y deciden caminar más deprisa. Les dejo marchar, los he olido y puedo seguirlos con los ojos cerrados. 

           No he tardado ni quince minutos en localizarlos de nuevo. Me detengo ante el portal y cierro los ojos para agudizar mi oído. A algunos no les gusta así, pero a mí es como más me gusta. Todavía no han empezado. Empujo la puerta del portal, reventando con facilidad el bulón del cierre y retomo el rastro de ambos en el hall de la entrada hasta llegar al ascensor, no me gustan los ascensores y decido ir por el hueco de la escalera, que es más rápido y menos claustrofóbico. Mientras asciendo voy relajando los músculos, olfateo y comienzo a visualizar cómo va a ser todo. Imagino cómo sus cuerpos se van fundiendo en sudor mientras se miran con lascivia. Cómo ella gime a cada sacudida y cómo la circulación de ambos se acelera justo momentos antes de llegar al clímax. 

         En la cuarta planta vuelvo a detectar su asqueroso perfume, y a partir de ahí, tan sólo queda saber qué umbral han cruzado. Ya no quiero olerlos más, ahora me centro en escuchar mientras paseo junto a todas las puertas, disfrutando de la oscuridad azulada que se me ofrece. Los oigo, por su burda conversación sé que están a punto de comenzar. No seré yo quien interrumpa, por el momento, y espero junto a la puerta. Paciencia es lo que me sobra. 

          Veinte minutos después escucho con claridad que están llegando al sumun del placer, soy incluso capaz de escuchar cómo los músculos de ese desgraciado se tensan como una eslinga. Justo en ese instante es cuando decido que ahora me toca mí y es hora de unirme a la fiesta. Coloco el canto de la mano sobre el bombín de la cerradura, la flexiono y le propino un golpe seco de modo que el sonido de la rotura se escuche sólo una vez. 

         —¿Qué ha sido eso? —se oye decir a ella. 

         —¿El qué? 

        —Ese ruido que se ha oído. —Replica ella, alarmada. 

        —Habrá sido algún vecino en la escalera. 

          En seguida él se dispone de nuevo a la fácil tarea de aumentar la libido de esa mujer. Dejo pasar unos minutos antes de encaminarme hacia la habitación. Y cuando entro en la habitación, lo hago sin disimulo. 

          —¿Pero qué coño? —Exclama él al ver la silueta de mi sombra invadir su espacio. 

           Cuando se gira, le vuelvo a sonreír. 

          —Serás hijo de puta —grita al tiempo que se pone en pie y se abalanza sobre mí. Y cuando le falta algo más de un metro para alcanzarme, lanza su puño. 

          Envuelvo su puño con mi mano izquierda mientras noto cómo el pánico se apodera de él. Ahora está listo. Le retuerzo con virulencia la mano, saboreando por anticipado el líquido de la vida y, sin dejar de aguantarle la mirada, muerdo su muñeca dejando escapar el fluido, cocinado a fuego lento con mis ingredientes favoritos: Sexo y miedo. Me gusta contemplar cómo la mirada de mi recipiente va perdiendo brillo, cómo esa alegría que antes rebosaba se apaga poco a poco con el pavor pintándole los labios con susurros de clemencia que ya no sirven para nada. Y unos segundos antes de que su corazón deje de latir, lo suelto para dejarlo caer al suelo mientras dirijo la mirada a esa estúpida que permanece en silencio. Me acerco al pie de la cama y cojo una de las sábanas para limpiarme las comisuras y la barbilla. Le sonrío, mostrándole mis colmillos con apetencia, a sabiendas de que ella me va a corresponder con una sonrisa a pesar de ver cómo me he bebido a su amante; pero como digo al comienzo, esa mujer hermosa es una tergiversación de la evolución humana. Y ya no tengo hambre, por lo que me conformo con romperle el cuello, dejando grabado en su rostro la sonrisa de una estúpida.