jueves, 15 de noviembre de 2012

El observador


" ...no hay culpa pero sí un tributo"

531-6-1


Por Daniel Rubio

          Aquí he pasado incontables años, anclado a la más despótica de las soledades, disfrutando del calor del sol y la brisa que de vez en cuando logra sacudirme. He tenido que soportar el frío y su peso, algo esencial para después poder disfrutar del deshielo durante los primeros días de la primavera. Pero todo han sido sensaciones pueriles que nunca lograban conectarse con la realidad, aunque haciendo gala de mi gran imaginativa y gracias al Jacin, logré comprender qué son los colores o un amanecer, algo que para mí era una lacónica quimera.
          Fue a la llegada de la familia Guijarro cuando se despertó en mí ese gran interés por cómo sería el mundo en realidad. Y vislumbré que el mundo podía ser tan extraordinario como desalmado, un lugar donde se pasa de un extremo a otro con una destreza prodigiosa. Fue por lo que sucedió entonces por lo que ahora me voy a enfrentar a mi propio destino, yo fui…
EL OBSERVADOR
          —Tomás, Tomás —susurró el Jacin, que era el más joven de la familia Guijarro.
          —¿Ya es de día?
          —No, todavía no, ¿quieres que te cuente cómo es?
          Había intentado imaginarlo, pero nunca logré nada, para mí era pasar del frío de la noche, al calor del sol.
          —¡Sí, sí! Cuéntame cómo se hace de día, Jacin.
          —Vale, vale. Pero no grites o mi padre nos va a echar a patadas.
          Disfruté del amanecer como si cada palabra fuese un color tangible que me descubriera sensaciones prohibidas hasta ese día.
          —Aquí Tomás, siéntate en esta piedra y usa de respaldo el tronco de este doncel.
          —¿Ya ha empezado?
          —No, todavía está oscuro.
          El Jacin se esforzó en explicar cómo el cielo iba cambiando de tono, y lo hizo con la certeza de que cada color es equiparable a una sensación, por lo que me fue fácil identificar el cambio.
          —El cielo comienza a romperse en una franja de cobre, sólo le falta sacudirse para sentir cómo se rasga al dividir el día de la noche. El tono rojizo toma fuerza y transforma la oscuridad en un tono plateado, que ya deja intuir que va a ser un azul intenso cuando termine su metamorfosis —Jacin calló unos segundos, como si quisiera disfrutar de sus propias palabras. Enseguida continuó—. El rojo se siente en el corazón y la sangre, es el que provoca el cambio. Algo parecido a cuando estás enfadado o hambriento y te encuentras con el mejor halago o te ofrecen el mejor manjar.
»El plata es un color frío y siempre me recuerda al hielo, la sensación que me provoca es como cuando sales a soltar la boñiga una noche de escarcha…
          —Espero que el azul no sea como olfatearla, porque ver no veré, pero oler… ¡huelo que da gusto!
          Las risas provocaron que la madre del Jacin se asomara por la ventana de la cocina, que estaba justo enfrente.
          —¿Qué hacéis ahí? Venga a desayunar que hoy tenemos faena.
          —¡Pero si es domingo! —Despotricó el Jacin.
          —Viene don Fortunato de cacería y hay que recoger todo lo que mate, igual así comemos algo de carne esta semana. Así que venga, a desayunar los dos.
          La madre del Jacin decía a menudo que le gustaría ir a vivir a la ciudad, que como la guerra ya había terminado allí no pasarían tanta necesidad, pues en verdad, en La Finca, trabajan prácticamente sin descanso y por una paga que a la mujer le parecía miserable. Como único día festivo tenían los domingos (aunque era porque estaba prohibido trabajarlos), pero de ahí las continuas quejas del Jacin, que siempre tenía que salir a “lamerle el culo al señorito” para hambrear algo de caza.
          Don Fortunato mató dos ciervos nada más comenzar la cacería, por lo visto alardeaba de su buena puntería cuando conseguía hacerlo tan rápido, aunque el Jacin siempre decía que era normal, que los animales estaban tan acostumbrados a la gente que la rara vez que él iba a cazarlos ni siquiera huían. A mí me parecía una desfachatez matar animales tan nobles tan sólo por sus cabezas, pero no pensaba lo mismo el Jacin.
          —¡Madre! Dos ciervos que ha matao el señorito —dijo con ironía y a la vez alegre—. Y lo mejor es que no quiere la carne, dice que es dura y que sabe a demonios…
          —¿Pero dónde están? —Le interrumpió bruscamente la madre, que estaba entre contenta por la buena nueva, y enfadada viendo que su hijo traía tan sólo un par de perdices.
          —Madre, a ver si cree que son conejos que puedo traer al cinto, voy a por el burro y con suerte los podré traer, aunque sea a arrastras, porque no sé si aguantará el carcamal.
          Preparó el burro y se dispuso a marchar, pero su madre salió tras él.
          —¿Adónde vas tan deprisa? —El Jacin se detuvo y miraba contrariado a su madre, ya que antes parecía recriminarle no haber traído primeramente a los venados—. Pensabas traerlos y cargarme todavía más —añadió a modo de afirmación lo que parecía una pregunta—. Toma el machete y más te vale que vengan apañaos, no aguanto la olor que dejan cuando les sacas todo.
          Jacin era muy obediente y trabajador, así que, a pesar de que el encargo de su madre no le era de agrado, cogió el machete y asintió con una sonrisa. Así despejó todo lugar a dudas de que ese chico era el alma de la familia Guijarro.
          Llegó a la casa alrededor de las seis de la tarde, el cielo ya se teñía en púrpura, como solía decir el Jacin, un color que le transmitía paz y fuerza porque significaba el fin para dar lugar a un nuevo comienzo, y aquél parecía un buen final para abordar con fuerza el día siguiente. Pero la alegría pronto se vio enturbiada por la aparición de Amancio, su padre, que venía hacia la casa medio borracho y acompañado por tres hombres, tres maquis que se escondían por las montañas rayanas a La Finca.
          Por lo visto, Amancio había alardeado en la taberna del pueblo, que estaba a unos cinco quilómetros de La Finca, sobre la cacería de don Fortunato. Esa era la mala costumbre que tenía el hombre, hablaba de más en cuanto bautizaba su estómago con un par de vinos, algo que su esposa le recriminaba constantemente.
          —Bien, ¿dónde están los bichos? —Preguntó el que parecía llevar la voz cantante del pequeño grupo de maquis.
           —Supongo que en la casa… —en la voz de Amancio se apreció el temor que le profesaba ese hombre.
          —¿Qué ocurre, padre? —Preguntó el Jacin.
          —Estos señores vienen a por los venados de don Fortunato.
          —¡Y una mierda! Es con lo que vamos a pasar el invierno…
          Uno de los hombres corrió hacia el muchacho y le dio un golpe en el estómago con la culata de la escopeta.
          —Nosotros también pasamos hambre —añadió el que ya di por sentado que era el jefe—. La guerra hizo estragos y tú no mereces más que nosotros esa carne, al menos nosotros seguimos luchando, pero os dejaré uno de los bichos con una condición.
          —¿Cuál? —Preguntó Amancio.
          —Que regresaremos algunos domingos a recoger provisiones como harina, huevos, caza, lo que sea o pueda, ¿me ha entendido?
          Amancio miró a su hijo, que estaba en el suelo encañonado por el chico joven que le había propinado el golpe.
          —Está bien, ¿cuántos sois?
          —Eso no te incumbe, prepare lo que buenamente pueda y procure no irse de la lengua. Le aseguro que no estamos solos en el monte.
          —No lo haré, señor —a Amancio le tembló la voz.
          —Hijo, deja al chaval y trocea en tres el venado más grande, no importunemos más a esta buena gente.
          El Jacin se desinfló en cuanto dejaron de apuntarle con la escopeta, pero, a pesar del alivio, no hizo ademán ninguno por moverse.
          A pesar de que los padres del Jacin parecieron haberse resignado a compartir sus víveres desde entonces, el Jacin no lo hizo. Por suerte su entereza doblegó a tal sentimiento de moralidad flexible.
          —Tomás, ¿por qué nos pasan estas cosas a nosotros? —Preguntó el Jacin en tono lastimero—. Cuando la guerra, mis padres se vinieron aquí para evitar que me pasara algo, y el pobre hombre nunca ha creído en más política que sus manos. Es como si al haber esquivado la cuita ahora quisiera azotarnos con su látigo.
          —No lo sé Jacin, soy algo mayor que tú y debo decir que he salido bien poco de La Finca, pero las pocas noticias que me han llegado cuentan cosas atroces que hicieron los de uno y otro bando. No puedo creer que haya uno bueno. Y esto que nos pasa ahora son daños colaterales, no hay culpa pero sí un tributo.
          —No sé amigo, pero tampoco me agrada ver así a mis padres, preocupados por cómo vamos a conseguir ese suministro sin tener que tocar el nuestro. Y ya sabes que don Fortunato no nos deja cazar, si se enterara…
          —¡Tengo una idea!
          El Jacin pareció asustarse ante tal exclamación y se puso en pie de un brinco.
           —No, Tomás, el disparo se oiría hasta en Narboneta, no me voy a arriesgar…
          —¿Pero qué dices, quién ha dicho nada de disparos pudiendo colocar cepos o lazo?
          Al Jacin pareció convencerle la idea y volvió a tomar asiento.
          —¿Y dónde puedo conseguirlos si no tengo ni un real?
          —De la casa de las ratas.
          La casa de las ratas, en realidad, era un rento antiguo que terminó en la ruina por un incendio, el cual empezó en la cocina y se extendió por el tejado. Desde entonces sólo se utilizó para almacenar la paja de las caballerías, aunque las ratas también supieron sacarle provecho y se instalaron allí procreando hasta llegar a ser una plaga prácticamente indeterminable en cuantía. Recuerdo que el Jacin decía algunas veces que allí había ratas como conejos y que en varias ocasiones, sacando paja para hacer las camas de la caballería, le habían plantado cara.
          —Sí, es buena idea, la semana pasada oí a don Fortunato que mandó a mi padre a por medio centenar de cepos, amén de exterminarlas a todas —dijo el Jacin en un tono casi inaudible que indicaba que estaba recabando en su mente lo que iba a hacer.
          Para el miércoles ya se había hecho con los cepos y los había colocado en puntos estratégicos bien conocido por él y eran paso habitual de perdices. Dijo que esa semana se iba a dedicar a ellas, y que si caía algún conejo, iría al arroz de su madre. Todos los días acudía dos veces a los lugares donde estaban colocados los cepos e iba haciendo acopio de cuanto iba cazando. El sábado llegó don Fortunato y mandó a Amancio al pueblo para que contratara jornaleros para labrar las tierras que iban a la siembra ese año.
          —Tomás, te diría que miraras a mi padre, pero en estos momentos te envidio.
          —¿Qué ocurre?
          —Que va como una cuba, a duras penas puede andar. Ya decía yo que tardaba demasiado, más le vale que hoy no le levante la voz a mi madre o le abriré la cabeza.
          —No digas tonterías, sabes que tu padre se pone cabezón, y algo chillón si cabe, pero jamás os ha levantado la mano.
          —¡Faltaría más! Este hombre es cada día más sinvergüenza, si seguro que se ha gastado ya media paga, ¿cómo vamos a salir de aquí si, en vez de guardar, se gasta lo que tenemos y lo que no, en vino?
          —No es eso, Jacin. Seguro que el hombre tampoco lo está pasando bien y se ha entretenido un rato jugando al tute o la brisca y ha ganado los vinos en el juego.
          —Déjalo Tomás, no me vas a convencer. Voy a preparar los ataeros para las perdices, que mañana seguro vienen por ellas y no quiero que me vea ese borracho.
          No tuvo a bien don Fortunato salir de caza aquél domingo, pero el ambiente que se distinguía por allí no era, casualmente, de un día festivo. El derrame del gentío descontrolado, y antes precedido por la Guardia Civil, era incesante. El Jacin estaba notoriamente preocupado porque parecía ser que su padre había sido la causa, pero lo estaba todavía más por si, entre tanto ir y venir, alguno de éstos daba con el escondrijo que había habilitado para las perdices, pues de su padre pensaba que quizá había tenido alguna riña en el pueblo con alguien de peso y éste, a su vez, lo estaba refrenando echando mano de su mejor posición. Y más que a eso, a las consecuencias que podía tener para su familia si los echaban de aquél rento por desobedecer algo tan básico y simple: no cazar en La Finca.
          A media tarde el Jacin logró enterarse qué hacían allí toda esa gente y la Guardia Civil, por lo visto Amancio comentó en el bar sobre la visita de los maquis el domingo anterior, y el tabernero, que semanas antes había sufrido el asalto de los maquis en su propio negocio, decidió dar parte en la Casa Cuartel de Mira.
          —Este hombre debe ser retrasado, Tomás. No se conforma con ponerse hasta las orejas de vino, que ahora pone en peligro a toda la familia por su falta de continencia lengüil.
          —No sé qué decir ahora, Jacin, pero creo que igual esto nos puede venir bien. Ten en cuenta que si pillan a esos desgraciados ya no tendrás que furtivear y arriesgar así el porvenir de tu familia.
          —Siempre le sacas partido a todo y lo desvías hacia el lado bueno, y te lo agradezco, pero algo me dice que esto no va a terminar bien.
          Justo cuando el crepúsculo vespertino marcaba el cielo, se hizo el silencio alrededor de la casa. Los guardias civiles y algunos voluntarios se habían ido escondiendo tras ribazos y matas esperando la aparición de los maquis. Y entrando ya la oscuridad en juego y con el pequeño ejército colocado estratégicamente, se oyó cómo un reducido grupo se acercaba por la cara norte de la casa sin esconderse lo más mínimo. Las órdenes se susurraban de una parte a otra mientras preparaban las armas. Todo fue muy rápido. Y por lo que contó el Jacin, muy violento.
          —¡Alto todo el mundo! —Se oyó gritar mientras amartillaban las armas.
          Y comenzó un intercambio de disparos que duró unos quince minutos, incluso yo tengo alguna marca todavía por aquello que sucedió en el rento de La Finca; y que años atrás, y hoy todavía, son objeto de curiosos que se conforman con algo tan baladí como una marca, sin querer saber más allá de la verdad de lo que ocurrió aquí. Por lo que algunos hombres decían cuando terminó el tiroteo, se apreció claramente que iban cuatro maquis hacia el rento, pero cuando comprobaron las bajas del bando enemigo, pues las de ellos mismos ni se molestaron en contarlas porque ya sabían que con tanta ventaja no iba a haber ninguna, se quedaron todos desconcertados, tan sólo tres cuerpos yacían en la tierra del sembrado. Uno de los cuerpos que vio el Jacin fue el del hombre joven que la semana anterior le había golpeado y encañonado con su escopeta.
          Tras todo el suceso vino una aparente calma que navegaba a la deriva y enturbiaba más el ambiente, si cabe. El Jacin se había convertido en un autómata que no se dedicaba más que a sus tareas del campo. Amancio, por su parte, se emborrachaba más a menudo e incluso algunas noches las pasaba fuera. El resto intentaba no decir nada y seguir con su vida, aunque ya la sabían marcada. Y lo que más me sorprendió fue que nadie abandonó el rento como hubiese sido de suponer.
          El barrunto que sintió el Jacin cuando se preparó la emboscada al grupo de maquis, se cumplió un mes después. Eran alrededor de las seis de la mañana cuando sentí que se acercaban a la casa un pequeño grupo de personas, que por sus pasos se intuía que iban con malas intenciones.
          —Está todo el mundo durmiendo —se oyó decir a uno—. Id preparando el fuego y la soga, que la podéis atar a la rama de ese doncel. Tú, conmigo adentro —y acto seguido se oyó un fuerte golpe enmaderado y más gritos.
          —¡Tomás! ¿Dónde está Tomás? —La voz del Jacin estaba desgarrada—. Hijo de puta, eres un maldito hijo de puta… —debieron darle fuerte porque el quejido pareció retumbar.
          —Calla desgraciado, si tu padre no se hubiese ido de la lengua esto estaría más que evitado. A mí me han robado un hijo y ahora soy yo quién quiere arrancar otro.
          —No, no, no —gritaba el Jacin nervioso mientras yo notaba cómo ataban la cuerda en mi brazo y tiraban para comprobar que era resistente.
          —El chico primero, que lo vean bien su madre y el borracho de su padre.
          Los gritos de la mujer, desesperados, desgarraban la fibra más resistente, solo de recordarlos se me vuelca el alma.
          Noté un tirón seco y pesado, por un instante se hizo el silencio, hasta que un grito, más desgarrador que el anterior, más roto y más potente, despedazó el aire. La madre del Jacin tuvo que ser sujetada mientras veía el cuerpo de su hijo pender de la cuerda a merced del viento.
          —Mira lo que has hecho, mira —le recriminaba a su marido.
          Y Amancio no recriminó a su esposa, quizá estuviese deseando que todo terminase cuanto antes, seguro que intuyó que iba a ser el siguiente.
          —Esto es lo que les pasa a los bocazas —le dijo el jefe de los maquis a Amancio—. Colocad otra soga, este cerdo ya no va a hablar más.
          Noté la segunda soga, los mismos tirones que respondían a que estaba bien hecho el nudo y otro tirón seco. Los cuerpos inertes de Amancio y del Jacin quedaron bajo mi custodia. A partir de ahí solo recuerdo silencio y soledad hasta que todo aquello también terminé pagándolo yo. Como dijo Tomás, no hay culpa, pero sí un tributo. Un tributo que yo también voy a pagar con mi vida solo por haber sido un espectador.
          —¿Tomás, seguro que quieres talar este doncel con la buena sombra que tiene?
          —A mí no me interesa su sombra, Germán. Cada vez que toco este árbol, y noto las marcas que dejaron los disparos, me trae malos recuerdos. Al menos que sirva para calentarnos.
          No sentí dolor…